miércoles, 24 de septiembre de 2008

La guerra asimétrica desde la perspectiva de la acción y el derecho humanitarios

Los fatídicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 han evidenciado una situación que confronta el CICR en la labor que realizada en numerosas zonas de conflicto: la guerra asimétrica. Los beligerantes son desiguales, tienen objetivos distintos y emplean métodos diferentes para ejecutar sus tácticas y sus estrategias.

Resumen

Los medios de los beligerantes son cada vez más desiguales, y el principio de la igualdad de las armas deja de ser aplicable. Esta asimetría en la guerra tiene muchas ramificaciones. La parte más débil desde el punto de vista militar siente la tentación de recurrir a métodos de guerra ilícitos para vencer la fuerza de sus adversarios.

A menudo, la expectativa de la reciprocidad, como motivación esencial para respetar la ley, se torna ilusoria y es reemplazada por la perfidia; las operaciones encubiertas sustituyen a las batallas abiertas, y se crean "reglas especiales" para "situaciones especiales". La lucha contra el terrorismo internacional parece constituir el epítome de este tipo de guerra. No obstante, las "consideraciones elementales de humanidad", consagradas en el artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra de 1949, constituyen normas universalmente vinculantes para todas las partes en situaciones de violencia armada, incluso para las desiguales y asimétricas. Además, los ataques perpetrados contra las organizaciones humanitarias han demostrado que la ayuda humanitaria puede ser contraria a los intereses de los beligerantes, o, lo que es peor, que los ataques contra los trabajadores humanitarios pueden formar parte de sus objetivos. Los actores humanitarios deben ser conscientes de estos factores y adaptar sus métodos de trabajo para poder seguir prestando su ayuda en forma imparcial, basándose únicamente en las necesidades de las víctimas de la violencia armada.

Los ataques perpetrados contra el World Trade Center, en Nueva York, y el Pentágono, en Washington, modificaron drásticamente la configuración geopolítica. También representaron un desafío para el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) y, en muchos sentidos, han afectado la naturaleza misma de su ámbito de actividad en el mundo.

Los fatídicos acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 son el ejemplo perfecto de una situación que el CICR suele enfrentar durante su trabajo en muchas zonas de conflicto del mundo: la guerra asimétrica. Unos pocos hombres armados con navajas de bolsillo humillaron a la única gran potencia mundial, con todo su armamento sofisticado. Frente a las cámaras y en vivo, mataron a miles de personas en cuestión de minutos y demostraron a las claras la vulnerabilidad de Estados Unidos y de todo el mundo occidental.

Los atentados terroristas que se desencadenaron en Rusia en la segunda mitad de 2004 fueron una experiencia tan traumática para los rusos como los ataques del 11 de septiembre lo fueron para los estadounidenses. La toma de rehenes y la posterior masacre en la ciudad de Beslán, en Osetia del Norte, perpetradas por atacantes suicidas chechenos, demostraron que los oponentes más débiles desde el punto de vista militar desean influir en las confrontaciones; en esa ocasión, seleccionaron, con diabólica precisión, un blanco situado en una zona de guerra marginal, con el riesgo de arrastrar a otras zonas a una espiral de violencia.

Este artículo aborda el fenómeno de la guerra asimétrica. En las guerras asimétricas, las partes son desiguales y el principio de la igualdad de las armas pierde validez. Los beligerantes tienen propósitos diferentes y emplean medios y métodos distintos para perseguir sus tácticas y estrategias.

Los atentados terroristas mencionados son sólo una variante de este tipo de guerra: por su carácter excepcional y extremadamente brutal, han marcado un momento crucial en la historia. Los actos violentos de terrorismo, destinados a lograr fines políticos esparciendo el horror, no son novedosos. En todas las guerras hubo atentados suicidas con bombas. Tanto órganos del Estado como individuos han perpetrado actos terroristas y, a menudo, han desencadenado guerras, o han dejado su marca en un país incluso en tiempo de paz.

¿Un fenómeno nuevo?

El Viejo Testamento [1] narra cómo el ejército del rey Saúl, temeroso de enfrentarse con las colosales y aparentemente invencibles fuerzas de los filisteos con sus gigantes tremebundos, había sido incapaz de derrotarlas. Como ningún soldado estaba dispuesto a afrontar al gigante Goliat, el campeón de los filisteos, el joven pastor David aceptó el desafío. Con su honda, arrojó una piedra que dio en la frente del gigante, y éste se desplomó boca abajo en la tierra. David corrió hasta él, sacó la espada de Goliat de su vaina, lo hirió con ella y después le cortó la cabeza. Presas del pánico, los soldados filisteos huyeron.

Esta historia bíblica demuestra que la guerra asimétrica no es nada novedoso. Se cuestionó la igualdad de los combatientes; un civil (un jovenzuelo) se trabó en combate, y el espantoso acto de decapitar al adversario hizo cundir el pánico y permitió ganar la batalla. La guerra asimétrica favorece ciertos comportamientos, pero a diferencia de la historia de David y Goliat, el guerrero que parece ser el más débil no necesariamente gana la batalla, y mucho menos la guerra.

Hoy en día, el factor verdaderamente novedoso y esencialmente diferente es que los actos terroristas forman parte integrante de la guerra asimétrica [2]. En casos extremos, como el de Al Qaeda, este tipo de acción se transforma en la principal estrategia de guerra. Esa estrategia tiene tres características principales: en primer lugar, los métodos de combate tradicionales aceptados por la normativa militar y jurídica son deliberadamente rechazados, prefiriéndose, por ejemplo, secuestrar aviones y utilizarlos, con perfidia, contra objetivos y personas civiles. En segundo lugar, el probable objetivo futuro de esta estrategia sea causar pérdidas de vidas humanas incluso mayores e infligir daños no militares y, sobre todo, económicos, posiblemente mediante la utilización de dispositivos prohibidos, esto es, armas biológicas y químicas [3]. En tercer lugar, la estrategia ya no se limita a un territorio determinado, dado que los actos terroristas pueden cometerse en cualquier lugar y momento.

El propósito fundamental de la guerra asimétrica es encontrar la forma de superar la fuerza militar del adversario, descubriendo y explotando al máximo sus debilidades. Las partes más débiles se han dado cuenta de que los ataques contra "objetivos blandos" son los que causan los mayores daños, sobre todo en las sociedades modernas. Consecuentemente, los objetivos militares son frecuentemente reemplazados por objetivos civiles.

Las Naciones Unidas y las organizaciones humanitarias tampoco han salido ilesas: el bombardeo intencional, en Bagdad, de la sede de las Naciones Unidas en agosto de 2003, y de las oficinas del CICR a fines de octubre del mismo año, demostraron que esos organismos también eran parte del "vientre blando", parafraseando la expresión de Churchill [4].

Estos ataques inéditos obligan a examinar el entorno en que se realizaron. En el presente análisis, intentaré reseñar algunos de los efectos de la guerra asimétrica en el derecho internacional humanitario y en las actividades del CICR.

La guerra asimétrica

En cierto sentido, todas las guerras son asimétricas, porque nunca hay beligerantes que sean idénticos. La guerra asimétrica puede combatirse en diferentes niveles y tomar formas distintas. Hay un nivel operacional (que comprende los ardides, las operaciones encubiertas, la perfidia, el terrorismo, etc.), un nivel estratégico militar (guerra de guerrillas, represalias masivas, Blitzkrieg, etc.), y un nivel estratégico político (guerra moral o religiosa, choque de culturas) [5]. Las diferentes formas incluyen la asimetría de la fuerza, los medios, los métodos, la organización, los valores y el tiempo [6].

La expresión "guerra simétrica" se entiende, por lo general, como un conflicto armado clásico entre Estados cuyas fuerzas militares son aproximadamente iguales [7]. Se ha dicho a veces que las guerras de los siglos XVIII y XIX, es decir, posteriores a la Paz de Westfalia, en las que tropas gubernamentales de capacidades parejas se confrontaban y combatían en batallas abiertas, son cosa del pasado, porque en el siglo XX las guerras se han tornado más complejas y desiguales. Además, hoy en día, la mayoría de las guerras son internas, aunque, en muchos casos, tienen ramificaciones internacionales. Son tan diversas como numerosas, y la forma en que esas guerras se conducen varía según el tipo de conflicto.

Guerras internacionales

Las guerras simétricas entre Estados son riesgosas, porque es imposible prever cuál de las partes saldrá victoriosa y además, porque los costos por lo general son mayores que los beneficios esperados. Hoy en día, son raros los conflictos que se aproximan a ese modelo; algunos ejemplos son la guerra entre Argentina y Gran Bretaña por las Islas Malvinas/Falkland, la guerra entre Irak e Irán en el decenio de 1980, o el conflicto entre Eritrea y Etiopía al finalizar el siglo XX. Los escenarios amenazantes, como los protagonizados por dos potencias nucleares como India y Pakistán, nos recuerdan que todavía existe, en el plano estratégico, una simetría potencialmente destructiva. Pero incluso en este caso, deben invertirse cuantiosos recursos en la creación de una asimetría que, en caso necesario, permita pelear una guerra y, si es posible, ganarla.

Incluso los conflictos armados internacionales suelen ser asimétricos. Cuando una gran potencia militar (hoy, esta expresión se aplica sobre todo a Estados Unidos) entra en guerra, la asimetría es prácticamente inevitable, porque el adversario de la potencia militar más fuerte no está tan bien armado como ésta [8]. La Guerra del Golfo, librada a principios del decenio de 1990, fue un ejemplo de este caso. Como Irak no evitó la confrontación abierta, sufrió una derrota aplastante a manos de la coalición encabezada por Estados Unidos.

En la nueva guerra de Irak, muchos aspectos de las hostilidades ilustran cabalmente la asimetría. En tanto que la parte con mayor fuerza militar procura alcanzar una victoria rápida y decisiva en el campo de batalla mediante el uso masivo de la fuerza, la parte más débil, reconociendo la superioridad militar de su oponente, evita la confrontación abierta que indudablemente conduciría al aniquilamiento de sus tropas y a la derrota; más bien, tiende a compensar las deficiencias de su arsenal utilizando medios y métodos no convencionales y prolongando el conflicto mediante una guerra clandestina de desgaste contra su enemigo bien equipado [9].

El recurso frecuente a los actos de terrorismo tiene por objeto pelear la guerra en las pantallas de televisión y en los hogares del Estado más poderoso, en lugar de hacerlo en el campo de batalla. Las armas de la parte más débil, esto es, los atentados y actos terroristas espectaculares que se consideran traicioneros y se califican de "golpes bajos", permiten al oponente más débil librar una guerra ofensiva, atacando el "vientre blando" del Estado con mayor fuerza militar.

El ataque contra el CICR demostró que no habría piedad ni siquiera para las organizaciones de ayuda de carácter neutral. La finalidad de esa agresión probablemente no haya sido tanto obstaculizar las operaciones de ayuda como causar, deliberadamente, una conmoción y librar una guerra salvaje sin concesión alguna a la neutralidad. Los ataques al azar perpetrados contra zonas pobladas por civiles también demostraron que, a diferencia de la guerra de guerrillas, los responsables de esos bombardeos no necesitaban la aprobación de la población para continuar luchando.

Del mismo modo, para compensar las desventajas comparativas causadas por su voluminoso aparato militar, el adversario más fuerte se siente tentado a utilizar tácticas asimétricas y medios y métodos no convencionales.

En las guerras asimétricas de este tipo, la línea divisoria entre los combatientes y los civiles se difumina, y a veces, se borra intencionalmente. Durante la última guerra en Irak, el ejército iraquí retrocedía cada vez que podía, ante la abrumadora fuerza del enemigo. Incluso en la etapa más temprana de la guerra, el ejército iraquí, comprensiblemente, no deseaba exponerse al bombardeo. Por esta razón, sus miembros adoptaron un comportamiento inadmisible: se mezclaron con la población civil y, por último, se quitaron los uniformes. De este modo, se puso en tela de juicio el principio más importante del derecho de la guerra: la obligación de distinguir entre combatientes y civiles.

Guerras internas

Los conflictos armados internos suelen presentar asimetrías, porque en la mayoría de los casos, los Gobiernos luchan contra un grupo armado no gubernamental. En este tipo de conflictos, presentes en casi todas las zonas donde el CICR despliega su acción, la desigualdad entre los beligerantes y sus armas es la norma más que la excepción. Los conflictos en Chechenia [10] (Federación de Rusia), Aceh (Indonesia), Darfur (Sudán) y muchas otras regiones africanas, entran en esta categoría.

El contexto de los conflictos se ha modificado, sobre todo desde el fin de la guerra fría y de las "guerras por representación", en las que los adversarios eran apoyados, simétricamente, por Estados Unidos y la ex Unión Soviética. La parte estatal suele estar bastante bien organizada y tiene más poder de fuego a su disposición que los movimientos rebeldes, aunque puede que sea incapaz de conservar el control de todo el país y neutralizar los grupos armados de la oposición. En esta situación, los movimientos rebeldes tienden a recurrir a los mismos medios que los empleados en las guerras asimétricas internacionales ya descritas, y, en particular, a las tácticas de guerrilla, creando situaciones en las que los combatientes se confunden con la población civil y los rebeldes revelan su identidad como combatientes sólo por el hecho de participar en operaciones ofensivas.

Paradójicamente, en las guerras internas, donde las reglas de la guerra son menos respetadas, puede haber un cierto grado de simetría. Las guerras entre grupos armados organizados están ocurriendo, con creciente frecuencia, en países donde se ha producido un colapso total o parcial de la ley y el orden y de las estructuras de gobierno. Ejemplo de ello es Somalia, un Estado sin gobierno donde las hostilidades que tuvieron lugar a principios del decenio de 1990 en algunas ocasiones caían en la anarquía, y en otras se adherían a estrictas normas impuestas por los clanes.

La privatización de la guerra ha aumentado perceptiblemente en muchas partes de África, como Sierra Leona y Liberia, pero el mismo fenómeno se observa también en Afganistán, Chechenia, Myanmar y Colombia. El motor de esas guerras no es tanto la política como la economía [11]. Los beligerantes se transforman en empresas de guerra. Los motivos de la guerra son económicos y las vinculaciones con el crimen organizado, el comercio ilícito y el tráfico de drogas hacen que las guerras sean aún más lucrativas. Además, muchos de estos conflictos trascienden las fronteras nacionales.

Guerras transnacionales y terrorismo internacional

A menudo, las guerras privadas se superponen a nuevas formas de violencia transnacional y de terrorismo internacional, cuyo objeto no es necesariamente alcanzar la victoria militar, sino sobre todo debilitar el poder político del enemigo o derrotarlo, destruyendo el capital, creando condiciones que hacen peligrosa la explotación de los recursos o forzando a los actores económicos a retirarse de zonas que se tornan cada vez más inseguras.

Esas guerras tienen características especiales. Son asimétricas porque un grupo de personas armadas, con diferentes grados de relación mutua y que comparten ideas vagamente similares, se enfrentan con estructuras militares poderosas. Los medios y los métodos de la parte estatal y de los grupos armados no estatales difieren ampliamente. Raras veces estallan batallas armadas abiertas, porque obviamente, a la parte no estatal no le conviene que la situación llegue a tal extremo, ya que sería derrotada. En cambio, las hostilidades continuas son reemplazadas por actos individuales espectaculares, atroces y pérfidos, a los que muchas veces se responde con operaciones encubiertas, sumadas a medidas represivas. El teatro de las operaciones cambia constantemente, porque pueden producirse ataques en cualquier momento y país. No hay un campo de batalla geográficamente circunscrito. Las guerras de esta clase trascienden las fronteras de los Estados, aunque no sean guerras entre Estados. La red mundial de los partidarios de las organizaciones terroristas es secreta y está rodeada de misterio.

A diferencia de los movimientos guerrilleros clásicos, esas organizaciones terroristas ni siquiera dependen tácticamente del apoyo tácito o expreso de la población, porque muchos de sus actos se llevan a cabo en el máximo secreto, dentro del territorio del adversario. Por esta razón, la lucha contra esos grupos se parece más a la represión del crimen organizado que a una guerra clásica.

Tras los primeros asesinatos sanguinarios perpetrados por organizaciones como Al Qaeda, nadie pensó de inmediato en una "guerra" y no se estableció una relación entre los ataques realizados en diferentes países [12]. Desde el punto de vista geopolítico y estratégico (aunque no necesariamente desde el jurídico), puede argumentarse que existe un estado de guerra desde el momento en que organizaciones que operan en el plano mundial pueden amenazar y destruir los cimientos del orden mundial por la inédita magnitud y los efectos de sus actos de violencia. El posible uso de armas de destrucción masiva que podrían causar miles o centenares de miles de víctimas es, además de un crimen, una estrategia [13]. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas también consideró los sucesos del 11 de septiembre de 2001 como ataques armados que amenazaban la paz mundial, lo que implicaba la existencia de una situación similar a una guerra [14].

Además, tanto los atacantes del World Trade Center y del Pentágono como Estados Unidos, la parte atacada, hablaban de una guerra y la percibían como tal. Cada parte exhibe un animus belligerendi, la intención de crear un estado de guerra entre ella y sus oponentes. La Comisión nacional sobre los ataques terroristas contra Estados Unidos afirmó que había una guerra que debía ser tratada como tal, y que no se trataba básicamente de una conspiración para delinquir [15].

¿De Al Qaeda al "Al Qaedismo"?

Uno de los rasgos característicos de las guerras transnacionales y del terrorismo internacional es que son impredecibles y que, por lo general, es difícil discernir el comienzo y el fin de estas hostilidades. Los actos de violencia separados pueden considerarse conflictos armados sólo cuando forman parte de una serie de ataques masivos atribuibles a una organización bien estructurada [16]. Al menos antes de los atentados efectuados en Estados Unidos, en Nueva York y en Washington, Al Qaeda era una organización bien estructurada. Según la descripción de la Comisión sobre el 11 de septiembre, de Estados Unidos, Al Qaeda era "un grupo jerárquico de estructura vertical y con cargos, tareas y salarios definidos" [17]. Sin duda, la organización de Al Qaeda se ha visto afectada por las medidas antiterroristas adoptadas después del 11 de septiembre, aunque es probable que no haya sido derrotada, sino sólo dispersada y forzada a ocultarse. Tras los conflictos armados en Afganistán e Irak, y en el marco de las medidas antiterroristas, las bases operacionales de Al Qaeda son más difíciles de mantener. Muchos protagonistas de Al Qaeda han sido arrestados o se han restringido sus movimientos, bloqueado sus transacciones financieras y supervisado sus comunicaciones.

La estructura de Al Qaeda no sólo era una organización centralizada; también alentaba las iniciativas planteadas por los niveles inferiores a los superiores y la descentralización. La organización ha promovido una "jihad" global, alentando a los individuos y a las células o grupos existentes en todo el mundo a unírsele en su "guerra justa" y definir su "jihad" local como parte de una lucha universal. Grupos como el "Groupe salafiste pour la prédication et le combat", de Argelia, afirman públicamente que forman parte de la organización. Las células que operan en secreto en países musulmanes y no musulmanes, que luchan por el advenimiento del califato, eran patrocinadas por Al Qaeda y/o actuaban al amparo de Al Qaeda cuando lanzaron ataques terroristas espectaculares en todos los rincones del mundo, en Estados Unidos, Indonesia, Kenya, Túnez, Pakistán, Turquía, España, Arabia Saudita y Rusia, para nombrar sólo los casos más conocidos. Irak se ha convertido en un punto de cristalización del terrorismo islámico. Hasta hay combatientes individuales que dicen estar operando bajo el liderazgo de Osama bin Laden y su organización [18].

La forma en que Al Qaeda se estableció en Afganistán fue una excepción, que dotó a la organización de un contexto territorial. Hoy, sus partidarios están dispersos por todo el mundo e intentan ocultarse en las multitudes para golpear al oponente, cuya fuerza militar es superior, mediante acciones con objetivos cuidadosamente seleccionados.

No obstante, la mayor parte de los grupos militantes islámicos tenían, y todavía tienen, un enfoque territorial, sobre todo porque apuntan a reemplazar un régimen secular en su país por un Estado basado en los preceptos islámicos. En efecto, la mayor parte de los conflictos actuales del mundo, incluidos los que se desarrollan en los países árabes y musulmanes, tienen raíces propias muy anteriores a la denominada "guerra global contra el terrorismo". Sin embargo, muchos de esos conflictos presentan ahora una dimensión global que complementa, sin reemplazarla, su dimensión local e histórica. Los atentados suicidas realizados por palestinos contra civiles israelíes, así como la toma de rehenes en Beslán, en Rusia, terminaron en tragedias influenciadas por el nuevo paradigma inaugurado por Al Qaeda: operaciones protagonizadas por mártires, que procuran causar víctimas civiles masivas.

A la inversa, los Estados a menudo describen las insurrecciones como parte de las actividades terroristas, etiquetando en seguida a todos los oponentes como terroristas. Además, la expresión "guerra global contra el terrorismo" insinúa que la comunidad internacional en su conjunto está empeñada en una situación que se asemeja a la guerra. Desde este punto de vista, tiene lugar una confrontación mundial entre, por un lado, la comunidad internacional de los Estados y, por el otro, una red de organizaciones transnacionales y locales que recurren al terror. Los grupos opositores armados nacionalistas son percibidos o descritos como parte de una red más amplia, lo que da la impresión de una amenaza potencial mayor y permite una represión aún más dura de sus actividades.

La combinación de diferentes tipos de guerra y violencia

En la mayoría de las guerras más recientes, las combinaciones y amalgamas de oponentes, en evolución permanente, interactuaron formando un desconcertante mosaico de todos los tipos de guerra. La fase actual de las hostilidades en Irak ilustra claramente la formación de redes internacionales, que se desarrollan a medida que los activistas locales se unen a grupos que persiguen intereses absolutamente diferentes. Según las investigaciones realizadas por la policía iraquí, parece probable que, en muchos atentados con coches bomba efectuados contra objetivos estadounidenses, partidarios de Sadam Hussein escogieron el objetivo; después, grupos relacionados con Al Qaeda planificaron la operación meticulosamente gracias a su experiencia en atentados suicidas en África y Arabia Saudita, miembros del partido Baath se encargaron de los aspectos financieros y logísticos y obtuvieron los vehículos, las armas y los explosivos, y por último, mercenarios o "jihadis" árabes dispuestos a cometer suicidio se encargaron de la ejecución [19]. La creciente participación de grupos chiítas en la guerra de Irak también sugiere que la ya compleja espiral de violencia puede tomar un nuevo giro.

La guerra asimétrica y el derecho internacional humanitario

Las guerras asimétricas no encajan en el concepto de Clausewitz sobre la guerra entre partes básicamente iguales ni en la noción tradicional del derecho internacional humanitario. Es discutible que sea posible encarar los retos de la guerra asimétrica con el actual derecho de la guerra. Si es verdad que las guerras entre Estados están tocando a su fin, quizá los principios de derecho internacional que se elaboraron para ellas también estén envejeciendo. Una pregunta incluso más importante, que podría plantearse en vista de la creciente privatización de las guerras de hoy, es si el modelo basado en el Estado, consagrado en la Paz de Westfalia y destinado a poner fin a la privatización de las guerras en el siglo XVII, está perdiendo su pertinencia. En un plano más modesto, intentaré comparar ciertos principios básicos del derecho internacional humanitario, a los que hoy se aplica, con creciente frecuencia, el término militar de "derecho de la guerra", con las tendencias actuales de la conducción de la guerra.

La asimetría en la licitud de la guerra

Básicamente, el derecho internacional postula la distinción entre las razones para librar una guerra y la guerra en sí. Esta distinción se trazó a fines de la Edad Media y los dos ámbitos del derecho se denominaron jus ad bellum, el derecho a hacer la guerra, y jus in bello, el derecho que rige la conducción de la guerra. Incluso hoy, esta distinción es un factor crítico y decisivo, sin el cual no sería posible garantizar el respeto del derecho internacional humanitario [20].

La Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional consuetudinario [21] establecen las normas relativas a la primera serie de cuestiones. Todavía recordamos claramente los debates actuales sobre la legitimidad de la defensa propia en el caso de Afganistán (2001) y la falta de legitimación por parte del Consejo de Seguridad de la ONU para el uso de la fuerza contra Irak (2003) [22].

En términos estrictamente fácticos, cuanto mayor es la desigualdad de las partes beligerantes, tanto más asimétrica se torna la licitud de recurrir a la fuerza armada. Cuando más sólida sea la situación jurídica de una parte, tanto más podrá alegar fundamentos jurídicos para justificar el uso de la fuerza. Para determinar la licitud del recurso a las armas, un país que es miembro permanente del Consejo de Seguridad tiene más peso que un Estado común. En un conflicto armado interno, los Estados suelen negar que los grupos nacionales tengan derecho a empeñarse en una lucha armada y afirman que sólo las estructuras del Estado tienen el monopolio del uso de la fuerza contra los individuos. Por lo tanto, normalmente se reconoce el derecho al uso de la fuerza de la parte que dispone de la mayor fuerza militar.

Al mismo tiempo, se impone nuevamente el concepto de una "guerra justa" sin limitaciones, sostenido por argumentos morales [23]. La parte más débil busca una legitimación externa a la esfera jurídica y proclama que tiene motivos morales o religiosos para librar la guerra, y apela también al discurso de la "guerra justa". Resulta sintomático que se utilicen, cada vez más, los conceptos de "cruzada" y "jihad".

Sin embargo, las reglas de la guerra de los conflictos armados deberían aplicarse a cualquier conflicto armado, independientemente de que sea legítimo o no [24]. El propósito de esta distinción tajante entre las razones de la guerra y los principios que la rigen es evitar que se permita a las partes beligerantes desconocer, por razones jurídicas, morales o religiosas, los principios humanitarios mínimos y emprender una guerra sin cuartel para alcanzar lo que considera un objetivo elevado.

Legitimidad asimétrica de los beligerantes

Hasta ahora, la doctrina Rousseau-Portalis regía el derecho de la guerra. Su conclusión, imbuida del espíritu de la obra de Rousseau El Contrato Social, sostiene que "(...) la guerra no es (...) una relación de hombre a hombre, sino de estado a estado." [25].

La idea de que la prerrogativa de librar una guerra corresponde al soberano todavía se encuentra difundida en todos los tratados internacionales relativos a la guerra. La relación entre los Estados descansa, básicamente, sobre la igualdad entre ellos. En principio, los oponentes reconocen su similitud, y ese reconocimiento es la base del actual derecho internacional de la guerra, elaborado y adoptado por los posibles adversarios.

En tanto que, en las guerras entre Estados, se considera que el oponente posee licitud y legitimidad, en los conflictos internos, sobre todo en la "guerra" contra el terrorismo, se dice que las partes no estatales carecen de estos atributos. Sea como fuere, las normas del derecho internacional humanitario relativo a los conflictos armados no internacionales señalan que la aplicación de esas disposiciones no surtirá efectos sobre el estatuto jurídico de las partes en conflicto [26].

Sin embargo, el deseo de la parte no estatal de adquirir legitimidad política e incluso jurídica es una de las motivaciones que subyacen a la promoción del respeto del derecho internacional humanitario, promoción que, con frecuencia, no es más que aparente. Las principales partes no estatales en las guerras internas, como el CNA en Sudáfrica, el PKK en Turquía, UNITA en Angola, los mujaidines en Afganistán o los maoístas en Nepal, han adoptado el compromiso unilateral de observar el derecho internacional humanitario, y las partes en las guerras de ex Yugoslavia hicieron lo propio en acuerdos multilaterales. Las innumerables promesas de cumplir la ley, formuladas por los beligerantes incluso en conflictos como el que tuvo lugar en Liberia en 2003, a menudo contrastan fuertemente con la práctica y, en muchos casos, su única finalidad es la de adquirir "respetabilidad".

No obstante, el CICR debe aprovechar estas oportunidades para mejorar la situación de las víctimas de la guerra y esforzarse por lograr que las promesas no queden en meras palabras. Sobre todo cuando una guerra toca a su fin y las partes van camino a agotarse, esas promesas pueden allanar el camino hacia las negociaciones de paz y la legitimación de la parte no estatal.

Cuanto más desiguales los beligerantes, tanto menos estarán dispuestos a tratar al adversario como legítimo. Probablemente se niegue toda legitimidad a los grupos clasificados como "terroristas" y se los considere criminales. El adversario no es considerado un igual: los epítetos "incivilizado", "criminal" o "terrorista" indican que debe negársele la igualdad a toda costa. Sus miembros son tratados como delincuentes y se los persigue implacablemente, si es necesario por medios no convencionales o ilegales.

Es fácil que el hecho de extender los principios del derecho internacional humanitario consagrado en el artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra, relativo a los conflictos armados no internacionales, a las partes no estatales en una guerra, se interprete erróneamente como un intento por legitimarlas. Empero, las disposiciones de ese artículo son de índole puramente humanitaria. Dispone que todas las partes en un conflicto armado han de distinguir entre las personas que están empeñadas en las hostilidades y las que no lo están o que han dejado de participar en ellas. Estas últimas recibirán un trato humano y, en particular, no han de ser maltratadas, tomadas como rehenes ni ser objeto de sentencias o ejecuciones sumarias. Los enfermos y los heridos deben ser asistidos.

Intereses asimétricos en la aplicación del derecho internacional humanitario

El derecho internacional humanitario descansa sobre el equilibrio entre los intereses humanitarios y los militares [27]. A fin de impedir que las partes terminen por empeñarse en una guerra sin cuartel que finalizaría con la destrucción total del enemigo, se les imponen restricciones con respecto a la elección de los medios y métodos de guerra. En particular, las personas que no participan o que han dejado de participar en las hostilidades, como los civiles o los soldados heridos o capturados, deben ser respetadas.

Los intereses humanitarios y los intereses militares no son necesariamente incompatibles. No cabe duda de que beneficia a un ejército tratar bien a los prisioneros de guerra y esperar que el enemigo haga lo propio. Del mismo modo, puede ser aconsejable abstenerse de bombardear ciudades, para no exponer a la población propia al mismo destino. Al igual que la mayoría de las disposiciones jurídicas, ambos preceptos se originaron en las costumbres y en el convencimiento de que esta práctica debe tener validez jurídica. Así pues, muchas normas del derecho internacional humanitario tienen por objeto, básicamente, proteger los intereses de los propios beligerantes, por cuya razón éstos realmente deberían estar dispuestos a observarlas. Al mismo tiempo, se espera que el adversario tenga los mismos intereses básicos. El derecho consuetudinario, así como todo el cuerpo de derecho de los tratados contenido en los Convenios de Ginebra que protege a las víctimas de la guerra se han desarrollado a partir de la convergencia de esos intereses.

En términos políticos, la reciprocidad reviste gran importancia, e incluso la mayor parte del derecho internacional humanitario se basa en la expectativa del trato recíproco [28]. En los conflictos armados internacionales, este aspecto se refleja, por ejemplo, en la definición tradicional de las fuerzas armadas y en la exigencia de que sus miembros respeten las leyes y las costumbres de la guerra durante las hostilidades [29]. En consecuencia, se presume que el enemigo, es decir, los miembros de las fuerzas armadas del enemigo, se comportará de modo igual o, por lo menos, parecido. Según Lauterpacht, "es imposible imaginar una conducción de hostilidades en la que una parte esté obligada por las normas de la guerra sin beneficiarse de ellas y la otra se beneficie de las normas sin estar obligada por ellas" [30].

La semejanza con un duelo o torneo clásico, en el que ambas partes tienen la misma oportunidad de ganar o de sobrevivir, no es casual. En efecto, muchas disposiciones del derecho internacional humanitario todavía exigen una caballerosidad concomitante.

En las guerras asimétricas, la expectativa de reciprocidad por lo general se ve defraudada y, a menudo, la perfidia reemplaza al espíritu caballeresco [31].

La confrontación abierta entre las fuerzas armadas se evita, y normalmente no tiene lugar. Civiles falsos, que usan ilegalmente emblemas y uniformes protegidos, abusan de la confianza de la otra parte. Por definición, los atacantes suicidas no esperan reciprocidad alguna. En el caso extremo del terrorismo internacional, Al Qaeda nunca prometió adherirse al derecho de la guerra; por el contrario, lo rechaza. En su "Carta a Estados Unidos", publicada en 2002, Osama bin Laden declara que el pueblo estadounidense es culpable de no haber aprovechado la oportunidad de incorporar un cambio de política por medios democráticos, y de pagar impuestos para financiar políticas represivas en Palestina y la ocupación de países árabes en el Golfo. "El ejercito estadounidense es parte del pueblo estadounidense (...) el pueblo estadounidense es quien emplea a sus hombres y mujeres en las fuerzas estadounidenses que nos atacan. Por esta razón, el pueblo estadounidense no puede ser inocente de todos los crímenes cometidos por los estadounidenses y los judíos contra nosotros. Alá, el Todopoderoso, legisló el permiso y la opción de tomar venganza. (...) Y si alguien mata a nuestros civiles, entonces nosotros tenemos el derecho de matar a los suyos" [32]. No sólo no se traza la distinción fundamental entre combatientes y civiles, sino que se utiliza, en forma sistemática, precisamente para poner en desventaja al adversario.

En esos casos, la otra parte empieza a pensar que podría convenirle más no considerarse obligada por el derecho de la guerra. En los conflictos armados internacionales, esta actitud se traduce ante todo, y principalmente, en la denegación del estatuto de prisionero de guerra que, en principio, brinda a los miembros de las fuerzas armadas la inmunidad contra el enjuiciamiento por su participación en las hostilidades. Esta cuestión es de vital importancia para todas las personas internadas en Guantánamo, a quienes se niega ese estatuto, aunque todavía no se ha llevado a cabo un examen detallado para determinar, por ejemplo, el estatuto de los miembros de las fuerzas armadas talibanes. Sólo después de la decisión recientemente adoptada por la Corte Suprema de Estados Unidos en el caso Hamdi [33], el Departamento de Defensa expidió una "Orden que establece el tribunal de revisión del estatuto de combatiente" [34]. Sin embargo, un juez federal declaró que los juicios especiales no son compatibles con los Convenios de Ginebra, y que son ilícitos [35].

No sólo se pone en tela de juicio el estatuto de los cautivos, sino que se alega que se ponen indebidamente trabas a los miembros de las fuerzas gubernamentales, en una guerra contra oponentes que no cumplen o no se consideran obligados por ningún precepto jurídico [36]. Para emparejar las condiciones en el campo de batalla, la parte con mayor fuerza militar se siente tentada a recurrir también a la guerra no convencional y a las operaciones encubiertas [37].

En efecto, la asimetría puede poner en desventaja a un beligerante si éste, a diferencia de la otra parte, observa los principios del derecho de la guerra. En tal caso, ese beligerante podría llegar, por lo menos, a contemplar la posibilidad de que, con la tortura, podría obtener información sobre el adversario y sus intenciones; que sería más rápido y fácil sacar de circulación a un presunto civil terrorista matándolo deliberadamente antes que enjuiciándolo; y que un golpe militar contundente que también se abatiera sobre la población civil en forma indiscriminada, y que aniquilase no sólo a los combatientes sino también a sus familias y a otros posibles simpatizantes, podría socavar la moral de un movimiento [38].

Pero, a pesar de su origen y su evolución, casi todas las reglas del derecho internacional humanitario se han transformado en disposiciones jurídicas que, a causa de su naturaleza fundamentalmente humanitaria, son vinculantes para todas las partes en un conflicto armado. Uno de los grandes avances de la civilización que se produjo en el siglo XIX, fue que las disposiciones jurídicas cuya índole era, anteriormente, tan sólo utilitaria, evolucionaran para establecer la exigencia de un nivel mínimo de humanidad, independientemente de la reciprocidad.

La prohibición de la reciprocidad en el derecho internacional humanitario, codificado en la Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados [39], está enraizada en esta forma de pensar. En nuestro contexto, esto significa, en la práctica, que la respuesta a la tortura no puede ser la tortura y ataques sanguinarios contra la población civil, o que los atentados terroristas no pueden pagarse con la misma moneda. Sin embargo, en el derecho humanitario de hoy todavía quedan rastros de reciprocidad, reflejada en el hecho de que la prohibición de las represalias contra civiles o contra la población civil todavía no ha sido plenamente aceptada en el derecho consuetudinario.

Normas universalmente válidas para las partes asimétricas en un conflicto

La Corte Internacional de Justicia resaltó la tendencia jurídica a apartarse de la reciprocidad cuando, en la conocida decisión sobre Nicaragua [40], calificó a los preceptos contenidos en el artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra, que se aplican a los conflictos internos, como un "miniconvenio" aplicable en todas las situaciones de violencia armada; además, describió a los principios del derecho internacional humanitario como "consideraciones elementales de humanidad". En general, se considera que las normas detalladas aplicables a los conflictos internacionales constituyen ius cogens y que son vinculantes para todas las partes en un conflicto.

Para el CICR, estas normas y principios humanitarios vinculantes son de primordial importancia cuando se enfrenta con una guerra asimétrica, ya que ofrecen una alternativa a los argumentos basados en la reciprocidad que, en esas circunstancias, a menudo empeoran la situación en vez de mejorarla, ya que las partes finalmente dejan de sentirse obligadas a cumplir las reglas.

El derecho humanitario ya ha incorporado barreras contra esos sucesos, porque los Convenios suponen un equilibrio entre los intereses humanitarios, militares y de seguridad, y proporcionan un marco para librar las guerras. En particular, no pueden utilizarse las amenazas contra la seguridad del Estado como una oportunidad para quebrantar las normas creadas precisamente para enfrentar un caso así.

Sobre todo en las guerras entre Estados, las reglas de la guerra y la protección de las víctimas todavía constituyen, por lo general, una respuesta adecuada a los sucesos contemporáneos en los teatros de la guerra, incluso en conflictos en los que no hay una igualdad de armamentos. Sin embargo, la superposición, en el mismo teatro, de los tipos de guerra mencionados más arriba, dificulta la tarea de los expertos jurídicos cuando procuran encontrar soluciones sencillas. En las guerras internacionales más recientes, las de Afganistán e Irak, a menudo se han producido, simultáneamente, confrontaciones armadas internacionales, internas, privadas y transnacionales. A pesar de ello, en todas se han observado normas jurídicas diferentes.

Restricción del ámbito de aplicabilidad

En el ámbito de los conflictos armados internos, hemos de iniciar nuestra búsqueda de soluciones esforzándonos por identificar el ámbito fundamental de aplicación del derecho internacional humanitario. Éste se aplica únicamente cuando se produce un conflicto entre "partes armadas". Esto presupone un cierto grado de organización jerárquica [41]. Si el ámbito de aplicabilidad se interpreta en una forma relativamente restrictiva, y si las partes son más o menos iguales o simétricas, el derecho de la guerra ofrece soluciones objetivas. A la inversa, si cada acto violento concebible se considera sujeto al derecho sobre los conflictos armados, las normas de esas convenciones resultarán ficticias y casi ninguna será respetada.

En particular, el derecho de la guerra no puede aplicarse si una parte es absolutamente incapaz de observar sus principios básicos o si se opone a hacerlo. En el primer caso, probablemente no se encuentren reunidas las condiciones necesarias para la aplicabilidad (debe tratarse de un grupo armado organizado, capaz de hacer cumplir las normas). En el segundo caso, el objetivo verdadero del grupo es infringir sistemáticamente las normas del derecho internacional humanitario y eliminar la distinción esencial entre combatientes y civiles. Por analogía con el derecho de los tratados, podría argüirse que una parte no puede adherirse a un tratado si no está de acuerdo con su objeto o propósito básico.

El ámbito de aplicación del derecho internacional humanitario no debe sobrepasar ciertos límites. Incluso si, desde el punto de vista de la estrategia y la geopolítica, ciertos actos han de ser tratados como actos de guerra por su magnitud y su índole, no constituyen necesariamente un "conflicto armado" en el sentido del derecho de los conflictos armados [42]. Así sucede, en especial, con el terrorismo internacional: sus comienzos imprecisos, su final imprevisible y su contexto territorial mundial, sumados a la controversia que rodea a la atribución de la responsabilidad de determinados actos a una de las partes, pueden provocar una situación en la que el mundo entero se halle en pie de guerra, en cualquier momento y por tiempo indefinido. "Hablar de una guerra contra el terrorismo en términos del jus in bello es distorsionar todo el significado y el propósito de las leyes de la guerra, intentando aplicarlas a una situación para la cual no fueron creadas" [43].

El contenido del derecho internacional de los conflictos armados ofrece algunas respuestas de lo que sucede en las guerras más notablemente asimétricas. Pero se trata de respuestas tan sólo parciales, y es posible que, en conjunto, la reacción sea errónea. Y las respuestas parciales invitan al abuso mediante la aplicación de tácticas selectivas, sobre todo cuando no se aborda la cuestión como un todo [44].

En consecuencia, el derecho internacional humanitario debe moverse con extrema prudencia entre el uso excesivo, el uso indebido o la improcedencia, sea porque no es aplicable a muchas de las confrontaciones asimétricas actuales, o porque no es compatible con los intereses percibidos de las partes en el conflicto. En particular, los actos terroristas que se perpetran fuera de situaciones de conflicto armado, en diferentes partes del mundo, son actos criminales que, entre otras medidas, habría que abordar mediante la aplicación del derecho interno y el derecho internacional de los derechos humanos [45]. En la práctica, ése es el principal marco jurídico al que se recurre. Por otro lado, el derecho internacional humanitario sigue ofreciendo respuestas adecuadas para la mayoría de los conflictos armados internacionales e internos, que, hoy en día, todavía constituyen la mayoría de las guerras [46].

La acción humanitaria en una guerra asimétrica

En tiempo de guerra, el CICR no sólo se ocupa de supervisar el cumplimiento del derecho internacional humanitario; también, y ante todo, se esfuerza por proteger y asistir a las víctimas de esas situaciones [47]. Como está presente durante las hostilidades, debe echar una mirada crítica a las diferentes finalidades y las diversas formas de la guerra, para obtener acceso a las víctimas y realizar sus actividades humanitarias con la mayor eficacia posible.

La diversidad de las guerras asimétricas es tal, que resulta imposible abordar todas las cuestiones vinculadas con las formas específicas de la guerra. Sin embargo, siguen siendo válidas las consideraciones similares a las relacionadas con el derecho internacional humanitario, que está estrechamente relacionado con las actividades operacionales del CICR. El hecho de que ciertas manifestaciones nuevas de situaciones asimilables a la guerra apenas estén cubiertas por el derecho internacional humanitario no significa que la Institución deba contentarse con un papel de espectadora.

El cometido del CICR es ayudar y proteger a las víctimas de la guerra y de actos de violencia similares, en la medida de lo posible. En particular, la Institución aborda las principales consecuencias humanitarias de la guerra asimétrica, concretamente la suerte de los civiles afectados por ataques indiscriminados o incluso intencionales, y la amenaza contra la dignidad y la integridad de las personas detenidas en esos contextos. Tanto las "consideraciones elementales de humanidad" como las normas jurídicas se deben respetar incluso en las peores circunstancias.

Para que la Institución pueda planificar sus actividades, es fundamental que determine si, en las guerras asimétricas, podrá desplegarlas de conformidad con los principios básicos que rigen la ayuda humanitaria, esto es, ofreciendo sus buenos oficios en forma imparcial y sin discriminación a todas las víctimas de las hostilidades. Las tendencias mundiales de la conducción de la guerra inciden en la acción humanitaria. Esa incidencia se refleja en que tanto el manejo de los riesgos y los posibles peligros como la gestión de las comunicaciones se realizan de modo tal de preservar el espacio humanitario en beneficio de las víctimas. El análisis de la situación local debe realizarse en paralelo con un análisis más amplio de nivel regional y mundial. Se trata, entonces, de "pensar en el plano global y actuar en el local" [48].

La dificultad y la necesidad de establecer contacto con todas las partes

A fin de acceder a las víctimas de la guerra, el CICR debe negociar con las diferentes partes beligerantes. Aunque los Convenios de Ginebra confieren al CICR el derecho a realizar ciertas actividades durante los conflictos armados internacionales [49], como visitar prisioneros de guerra, en la práctica necesita obtener el consentimiento de la parte pertinente para hacerlo.

Resulta relativamente fácil entrar en contacto con los órganos de Gobiernos establecidos, pero la situación cambia cuando se trata de alcanzar a entidades no gubernamentales. Algunos incluso encuentran sospechoso que, en esos casos, el CICR tenga que negociar con organizaciones prohibidas o "criminales". Es posible que se impidan los contactos con los movimientos rebeldes, para negar a éstos toda forma de reconocimiento. Pero al impartir esa orden, la parte que lo hace, por lo general el Gobierno, deja de lado la oportunidad de comenzar a negociar o llegar a un acuerdo con los rebeldes, al menos sobre cuestiones humanitarias. A menudo, ese contacto debe realizarse por vías indirectas o a través de intermediarios, antes de poder establecer relaciones más estrechas en zonas de conflicto.

A medida que se acentúa la asimetría, la falta de licitud y legitimidad dificulta aún más los contactos [50]. Si los grupos o movimientos se clasifican directamente como criminales, sin derecho a empeñarse en un conflicto armado, como sucede en la "lucha contra el terrorismo", a menudo el contacto con ellos no sólo es ilícito sino que puede poner en peligro a la delegación del CICR. Sin embargo, los contactos con todos los beligerantes son fundamentales para que la Institución pueda llevar a cabo sin obstáculos sus actividades en esas zonas. En el mejor de los casos, el CICR puede hacerse escuchar en forma indirecta, por conducto de las relaciones públicas o mediante cautelosos contactos con simpatizantes, ya que los posibles perpetradores de actos criminales tienden a moverse en las sombras. A menudo, la Institución tiene acceso a ellos sólo cuando han sido capturados, en otras palabras, cuando visita a prisioneros.

Así pues, en las situaciones asimétricas, el CICR frecuentemente se ve obligado a adivinar, a partir de contactos indirectos e información incompleta, si tiene el asenso de los beligerantes y si podrá acceder a las víctimas de las hostilidades en condiciones relativamente seguras. No puede desplegar acciones humanitarias sin ese nivel mínimo de garantías y de acceso a las víctimas [51]. Por su propia naturaleza, no puede forzarse a un beligerante, contra su voluntad, a aceptar ayuda humanitaria, sin que la misma organización que la presta se transforme en un elemento de la maquinaria bélica.

La acción humanitaria puede ser contraria a los fines de la guerra

Las organizaciones humanitarias pueden ofrecer ayuda y protección sólo si estas acciones son compatibles con los fines de las partes beligerantes o si, al menos, no entran en conflicto con ellos. Como ya se ha dicho, es preciso obtener el consentimiento de jure y de facto. En la mayoría de los casos, los beligerantes deniegan el consentimiento cuando una operación determinada no encaja en los fines declarados o reales de las partes. En el peor de los casos, el asesinato de un delegado o el saqueo de una delegación son un claro aviso de que el consentimiento no existe o que ha sido retirado por al menos una de las partes en el conflicto. El asesinato de seis colaboradores del CICR en el Congo oriental, en 2002, es un trágico ejemplo de esa situación.

En una guerra sin cuartel o en las "guerras identitarias" de índole étnica o religiosa, cuya finalidad es expulsar o exterminar al enemigo, hay pocas posibilidades de desplegar con éxito la acción humanitaria. La situación es incluso más peligrosa cuando los delegados abocados a las operaciones humanitarias son vistos como "objetivos blandos" y se convierten en blanco de ataques, como sucedió, por ejemplo, en Irak. En esos casos, hasta las organizaciones humanitarias son consideradas civiles enemigos.

El interés de los beligerantes en la acción humanitaria

A menudo, el hecho de que la parte con mayor fuerza militar acepte que el CICR despliegue actividades de protección no tiene que ver con la reciprocidad, ni depende necesariamente de ella. El público al que está destinada esa medida es el pueblo de esa parte y la comunidad internacional. El mensaje implícito es que ese consentimiento es de índole humanitaria y que se dará un trato humano incluso al enemigo, a veces con la esperanza de que el enemigo y sus simpatizantes finalmente se convenzan de que vale la pena respetar los principios humanitarios fundamentales.

En las guerras asimétricas, frecuentemente se permite al CICR actuar por razones puramente humanitarias, no jurídicas, para que no parezca que se está confiriendo licitud al adversario. Las partes más débiles en un conflicto normalmente acogen con satisfacción la ayuda humanitaria, siempre que no la perciban como un instrumento del adversario, que por lo general es el Gobierno. Sin embargo, la parte más débil también puede instrumentalizar la ayuda humanitaria, o ésta puede resultar esencial para su supervivencia. Por un lado, una operación de ayuda ofrece a la población civil necesitada la esperanza de que la comunidad internacional no es completamente indiferente a su suerte y que hay una luz al final del túnel; por el otro, los insurgentes intentan obtener un cierto grado de legitimidad mediante la presencia de los colaboradores extranjeros que integran los equipos de las organizaciones internacionales de ayuda humanitaria. Por último, ni siquiera una supervisión estricta de la entrega de socorros puede garantizar que las partes beligerantes no se beneficien de ellos, por lo menos indirectamente.

El marco temporal de la acción humanitaria

En los conflictos asimétricos, la ayuda humanitaria está sujeta a las mismas leyes que en todos los demás conflictos; según los antecedentes, el propósito y el momento, la ayuda puede ser vista como algo deseable, indeseable o como un término medio entre esos extremos. La ayuda que no tiene en cuenta los intereses de las víctimas también puede ser contraproducente. Si se desea proporcionar asistencia eficaz durante una guerra, la protección de las víctimas debe estar estrechamente vinculada con las operaciones de ayuda.

En todos los conflictos, las actividades de ayuda humanitaria pueden ser incompatibles con las finalidades de la guerra táctica o con la seguridad del personal humanitario. Raras veces las hostilidades se suspenden total o parcialmente para permitir la acción humanitaria. Además, esos altos el fuego son muy diferentes de la situación que se encuentra en las guerras donde la asimetría es muy marcada.

En gran medida, el arte de la guerra asimétrica reside en la diferente rapidez con la que las partes se hacen la guerra [52]. Normalmente, la asimetría que surge de la fuerza lleva a acelerar las hostilidades y aventajar al adversario. Las partes más débiles tienden a frenar y prolongar la guerra.

En consecuencia, el marco temporal de la acción humanitaria también puede variar. En la breve primera fase de la guerra, el despliegue masivo de armas y la rápida evolución de las necesidades hacen difícil proporcionar la ayuda, como sucedió, por ejemplo, en la fase inicial de la guerra de Irak. Aunque había gran necesidad de la acción del CICR, los intensos bombardeos limitaron la capacidad de la Institución, por razones de seguridad. En la segunda fase, que parece interminable, el conflicto abierto se ha transformado en una guerra encubierta y en una guerra de ocupación. Al mismo tiempo, ha comenzado la reconstrucción de la infraestructura del país, que sufrió graves daños. Al menos por ahora, la reconstrucción no parece coherente con los objetivos de la que es, hasta ahora, la parte más débil desde el punto de vista militar. Nuevamente, esto demuestra que los fines de la guerra van más allá de la acción militar y que la noción puramente militar de la guerra comienza a perder vigencia. Por esta razón, las operaciones de ayuda humanitaria a veces son incompatibles con los objetivos políticos de alguna de las partes, por lo cual resulta prácticamente imposible llevarlas a cabo [53].

En esta etapa, la tarea principal del CICR es la protección humanitaria, sobre todo las visitas a los prisioneros de guerra y a los internados. Naturalmente, esa tarea se centra en la parte más fuerte desde el punto de vista militar, que cuenta con las instalaciones necesarias. Es prácticamente imposible esperar una actitud de reciprocidad en las guerras asimétricas, ya que, por lo general, la parte débil no puede ni quiere tomar prisioneros.

En el delicado y, casi siempre, muy difícil período de transición que sigue al final de un conflicto armado abierto, o al final efectivo u oficial de una ocupación, la situación de los miembros más vulnerables de la población suele deteriorarse; la necesidad de seguridad aumenta a causa de las amenazas que plantean los ex combatientes y la situación general, que sigue siendo precaria. Al intentar responder a las múltiples necesidades de la población después de un conflicto, se plantean diversas cuestiones a nivel de la política general [54]. La incertidumbre, o la ausencia de un acuerdo sobre un marco jurídico claro, no facilitan las actividades de protección, y menos aún si, al mismo tiempo, tiene lugar un cambio de régimen. La labor humanitaria se enfrenta con el permanente problema de la seguridad, las líneas entre la ayuda de corto y largo plazo se difuminan más aún, y la transición de la ayuda de urgencia a la ayuda para el desarrollo, de por sí difícil, se ve obstaculizada.

Hincapié en la independencia

Aunque el CICR ha de mantener un diálogo estrecho con la parte en el conflicto que es más poderosa en el plano militar, debe velar por permanecer visiblemente independiente. Esa independencia es esencial para asegurar que la acción humanitaria no sea utilizada por el adversario más fuerte como un instrumento para promover sus propios intereses [55]. La única obligación del CICR es la que tiene hacia las víctimas de las hostilidades, y el único propósito de su cooperación con todas las partes en el conflicto es proporcionar la ayuda humanitaria a las víctimas en una forma imparcial y no discriminatoria.

La creciente militarización de la actividad humanitaria y la amalgama entre la asistencia militar y la humanitaria representan graves problemas para las organizaciones de socorro, porque esas tendencias amenazan la independencia de su acción, o por lo menos, la percepción de su independencia [56]. Si las organizaciones humanitarias se asocian con las fuerzas militares, existe el grave riesgo de que ya no sean percibidas como imparciales e independientes del control político; si se difumina la línea divisoria entre la acción humanitaria y la militar, puede degradarse la idea misma de la acción humanitaria, de la ayuda imparcial a las víctimas. Es allí donde reside, quizá, la principal preocupación de la Institución, ya que esta situación puede desvalorizar el concepto de la acción humanitaria a los ojos de los beligerantes, comprometer la independencia de sus actividades y amenazar la seguridad de los trabajadores humanitarios, si se los asocia con el enemigo [57]. Esta inquietud se debe menos a las limitaciones de la acción humanitaria militar per se que a las repercusiones "contagiosas" que puede tener en la acción humanitaria civil y en las víctimas de las confrontaciones armadas [58].

En principio, el CICR excluye, por ende, el recurso a la protección armada de sus operaciones humanitarias [59]. La Institución permite la protección armada únicamente en circunstancias muy excepcionales, cuando lo considera indispensable para defender a sus colaboradores o su infraestructura contra la delincuencia común. Pero no acepta la imposición de servicios humanitarios contra la voluntad de una de las partes en el conflicto. Además, el CICR siempre insiste en su absoluta independencia logística de todas las partes en el conflicto, con lo cual pone de manifiesto que posee una identidad distintiva propia.

La neutralidad como un instrumento operacional

En el derecho internacional, la neutralidad de los Estados significa no interferir en una guerra (principio de no intervención), no darle a un adversario una ventaja militar respecto de otro (principio de prevención), y tratar a todos los adversarios en forma igualitaria (principio de imparcialidad). Ya reducida por la Carta de las Naciones Unidas, la neutralidad ha seguido perdiendo importancia debido al creciente número de conflictos internos, aunque conserva su trascendencia en el derecho internacional humanitario clásico.

No obstante, la neutralidad de las organizaciones humanitarias es tan importante para el CICR como su independencia respecto de los protagonistas políticos. Para granjearse la confianza de las partes en el conflicto, este principio exige no sólo que el CICR no participe en las hostilidades, sino que tampoco intervenga en controversias de índole política, religiosa o ideológica [60]. Por lo tanto, la neutralidad no debe equipararse con la neutralidad de los Estados conforme al derecho internacional: para el CICR, no es un fin en sí mismo ni un principio filosófico, sino un medio operativo para llegar a las personas necesitadas. Las organizaciones humanitarias no están obligadas a ser neutrales, y la Corte Internacional de Justicia, en la sentencia del caso Nicaragua, ya mencionada, tampoco exigió que la asistencia humanitaria sea neutral en todas las circunstancias. Empero, con arreglo a los Estatutos del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja [61], el CICR está obligado a respetar el principio de la neutralidad tal como lo entiende el Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

Para el CICR y el derecho internacional humanitario, las cuestiones relativas a la licitud, y, en general, a la razón de una guerra, no influyen sobre la acción del CICR a favor de las personas afectadas por el conflicto y la aplicabilidad de la ley. El único objetivo es proteger y ayudar a las víctimas de la guerra, independientemente de las razones políticas, religiosas o ideológicas de la guerra o de que ésta haya sido permitida o no por una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Naturalmente, los delegados sobre el terreno deben analizar minuciosamente las razones de la guerra a fin de adaptar su acción humanitaria a las circunstancias locales, aunque sólo sea para velar por su propia seguridad evitando frustrar, a sabiendas o no, los objetivos y las intenciones de los beligerantes. En interés de las víctimas de la guerra, el CICR y sus delegados deben insistir en que debe establecerse una distinción conceptual clara entre la licitud de una guerra y el derecho que rige la conducción de las hostilidades.

En las guerras asimétricas, el CICR se esfuerza por que las partes acepten su neutralidad y su independencia [62]. En esos conflictos, hay una frecuente tendencia a proclamar una guerra justa (o santa) y a negar toda legitimidad al adversario. Esa situación dificulta al CICR la tarea de proporcionar ayuda humanitaria a todas las víctimas, independientemente de la parte a la que pertenezcan. Resulta difícil reconciliar la neutralidad con la exigencia que ambas partes suelen plantear en estas situaciones: que la Institución tome partido. Además, algunos consideran que la neutralidad es moralmente censurable porque no se adopta ninguna decisión con respecto a la licitud o la ilicitud de la guerra.

En situaciones marcadamente asimétricas, el concepto de la neutralidad suele ser despreciado, sobre todo cuando el adversario es tratado como un criminal. Por el contrario, el mero contacto con el enemigo se considera como una aprobación de sus objetivos y acciones, o incluso se estigmatiza como un acto de complicidad. La misma idea de que el CICR juegue un papel de intermediario neutral en el marco del derecho internacional humanitario, aunque sea sólo con respecto a cuestiones humanitarias, es más fácil de rechazar.

El hecho de criticar o denunciar los actos de las partes como violaciones del derecho internacional humanitario también se considera una violación de la neutralidad. Si el adversario más débil comete una infracción grave del derecho internacional e incluso recurre a actos de terrorismo, esa situación afectará fácilmente a toda crítica que se haga de los actos de la parte militarmente más fuerte. A la inversa, la parte más débil inmediatamente considerará que la crítica que se le dirige indica una postura favorable a la parte más fuerte. Como la parte más débil desde el punto de vista militar debe recurrir a medios prohibidos en el plano internacional para contrarrestar la asimetría militar, no tarda en sospechar que la crítica está destinada a despojarla de su última oportunidad de enfrentarse con su enemigo más poderoso.

Sin embargo, el CICR considera que, en interés de las víctimas, está obligado a entablar contacto con todas las partes, incluso si desaprueba los medios o los métodos de la guerra que utilizan, y debe poner en claro su posición acerca de ello. El propósito principal de la neutralidad es permitir al CICR ayudar a las víctimas de la guerra [63]. En las diferentes situaciones de conflicto, las acciones se han de planificar de modo tal que, en un contexto dado, sean tan neutrales como sea posible y se perciban como tales. Así pues, el CICR puede verse obligado a adoptar diferentes estrategias en diversos escenarios de conflicto y contextos culturales, sin perjudicar su identidad global.

Percepción de la neutralidad

La neutralidad podría tener una connotación pasiva; su significado podría percibirse como "no hacer nada" o "mantenerse al margen". Como ya se ha mencionado, el elemento esencial, la confianza de los beligerantes, se obtiene en forma dinámica, no sólo a través de acciones sino también de percepciones. Una gran variedad de medidas, fenómenos y símbolos, así como los esfuerzos realizados por convencer y negociar con todas las partes en un conflicto son los medios utilizados para granjearse la confianza necesaria.

Las partes en los conflictos asimétricos suelen pertenecer a diferentes grupos políticos, religiosos o étnicos, y si piensan que el CICR toma partido, no sólo se obstaculiza o impide la acción humanitaria, sino que también se generan problemas de seguridad. En algunos contextos, el CICR también debe tener en cuenta la nacionalidad, la religión o el origen étnico de sus delegados cuando selecciona la zona a la que serán asignados, para reducir los riesgos de seguridad para su personal y asegurar que éste pueda llegar hasta las víctimas.

Los orígenes occidentales del CICR, su estructura financiera basada en contribuciones sustanciales aportadas por países desarrollados, incluido Estados Unidos, y sus recursos que, pese a ser esenciales, suelen parecer lujosos en comparación con las circunstancias locales, se suman para dar la impresión, incluso acentuada por el emblema de la Cruz Roja, de una organización occidental y cristiana. Aunque el CICR, al igual que otras organizaciones humanitarias, no permite que esos factores afecten su labor, muchos probablemente no pueden dejar de sospechar que, en ciertas situaciones, la Institución no es neutral. Es difícil luchar contra esas percepciones. El CICR debe procurar que se lo clasifique, globalmente, como una institución neutral en cuanto a las actividades que lleva adelante en todo el mundo. El logro de este objetivo requiere coherencia, paciencia, energía y mucho trabajo, sobre todo para convencer a las partes que rechazan al CICR. El objetivo es la aceptación de la Institución y, sobre todo, la aceptación de su ayuda humanitaria imparcial en estas nuevas situaciones de conflicto.

Conclusión

Las guerras asimétricas no encajan en el concepto de la guerra enunciado por Clausewitz ni en la noción tradicional del derecho internacional humanitario. La desigualdad entre las partes beligerantes no deja de acrecentarse y el principio de la igualdad de las armas deja de ser aplicable; sus objetivos son dispares y emplean medios y métodos disímiles para lograr sus objetivos. Los conflictos armados internacionales clásicos entre Estados de fuerzas militares aproximadamente iguales se están transformando en la excepción; por otro lado, las guerras internas se combaten, mayormente, entre adversarios que son desiguales desde muchos puntos de vista. En una guerra asimétrica, la parte más débil en el plano militar puede verse tentada a emplear métodos ilícitos para vencer la fuerza del adversario y explotar sus debilidades. El terrorismo internacional, que puede equipararse a una situación bélica, ya que trastorna las sociedades e incluso el orden mundial, es el epítome de ese tipo de guerra asimétrica.

La asimetría presenta ramificaciones con respecto a la licitud de la guerra, la legitimidad de los beligerantes y los intereses en juego en la aplicación del derecho internacional humanitario. Nuevamente, va ganando terreno el concepto de la "guerra justa", los enemigos se criminalizan y a veces se califican de "terroristas" aunque ese calificativo no siempre esté justificado, y se les niega la igualdad incluso en el marco del derecho internacional humanitario. La expectativa de la reciprocidad, como un motivo fundamental para respetar la ley, queda a menudo defraudada y el comportamiento pérfido reemplaza a la lucha honorable. Las operaciones encubiertas están sustituyendo a las batallas abiertas.

El ámbito del derecho internacional humanitario no debe extenderse en demasía. No puede aplicarse a situaciones diferentes de las que está destinado a abarcar, porque puede conducir a orientaciones erróneas. Esto se aplica especialmente a la lucha contra el terrorismo internacional, que, a pesar de ofrecer muchos aspectos que le confieren el carácter de una guerra, no es necesariamente equivalente a un "conflicto armado" en el sentido que el derecho de la guerra atribuye actualmente a esa expresión.

Sin embargo, esto no significa que las confrontaciones más marcadamente asimétricas se desarrollen en un dominio internacional donde no impera la ley. Más allá de la posible aplicabilidad del derecho internacional de los derechos humanos y el derecho penal internacional, las "consideraciones elementales de humanidad", consagradas en el artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra de 1949, siguen representando un criterio mínimo para todas las situaciones de violencia armada, dado que constituyen normas universalmente vinculantes para todas las partes en situaciones de violencia armada, incluso las desiguales y asimétricas.

Del mismo modo, las guerras asimétricas suelen plantear dificultades a la acción humanitaria. Los recientes ataques contra organizaciones humanitarias, incluido el CICR, tanto en Irak como en Afganistán, han demostrado que la ayuda humanitaria puede ser contraria a los intereses de las partes o, lo que es incluso peor, que los ataques contra los trabajadores humanitarios pueden promover la causa de los beligerantes. Una organización humanitaria como el CICR sólo puede esforzarse por respetar estrictamente sus principios de independencia con respecto a los protagonistas políticos y militares, así como su neutralidad respecto de la causa o los resultados del conflicto, y, lo que es igualmente importante, lograr que los demás perciban esa actitud. Debe concentrarse en un solo objetivo: proporcionar ayuda imparcial, sin discriminación alguna y basada únicamente en las necesidades de las víctimas de la violencia armada.

NOTAS:

[1] Antiguo Testamento, La historia de David y Goliat, Samuel 1, capítulos 16-18.

[2] V. Herfried Münkler, Die neuen Kriege, 6ª ed., Rowohlt Verlag, Reinbeck bei Hamburg, 2003, pp. 63 y ss.

[3] V. Walter Laqueur, Krieg dem Westen. Terrorismus im 21. Jahrhundert. Propyläen-Verlag, Berlín, 2003.

[4] En la Conferencia de Casablanca (realizada del 14 al 24 de enero de 1943), Winston Churchill y Teodoro Roosevelt decidieron continuar con las operaciones en el Mediterráneo una vez expulsados los alemanes y los italianos de África del Norte. Esta decisión coincidía con la preferencia de Churchill por un ataque a través del “vientre del Eje” en lugar de un avance más directo hacia Alemania a través del noroeste de Europa en 1943 (a menudo, esta frase se cita erróneamente como “el blando vientre del Eje”).

[5] V. Steven Metz, “La guerre asymétrique et l’avenir de l’Occident”, Politique Étrangère, 1/2003, pp. 26–40, p. 30.

[6] Metz, ibíd., pp. 31–33.

[7] V., en especial, una serie de artículos sobre la guerra asimétrica con respecto a la idea de una revolución en los asuntos militares (Revolution in Military Affairs – RMA) en el debate que tuvo lugar en Estados Unidos tras el fin de la guerra fría. Asymmetric Warfare (RMA Debate in Project on Defense Alternatives); en: http://www.comw.org/rma/fulltext/asymmetric.html (según consulta del 6 de julio de 2004). De la abundante literatura (estadounidense) sobre el tema, véase, en particular: Roger W. Barnett, Asymmetrical Warfare: Today’s Challenge to US Military Power, Brassey’s Inc., Virginia, 2003; Barthélemy Courmont y Darko Ribnikar, Les guerres asymétriques, Presse Universitaire de France, París, 2002; Jacques Baud, La Guerre asymétrique ou la défaite du vainqueur, Ed. du Rocher, París, 2003; Anthony H. Cordesman, Terrorism, Asymmetric Warfare, and Weapons of Mass Destruction; Defending the U.S. Homeland. Praeger, Westport, 2002; The Four Thrusts Meet Asymmetric Threat, Attack Database, Achieve Interoperability, Revitalize Work Force, Defense Intelligence Agency, Washington, 2001; en: http://www.dia.mil/This/Fourthrusts/index.html (según consulta del 6 de julio de 2004); The First War of the 21st Century: Asymmetric Hostilities and the Norms of Conduct, Strategic and Defence Studies Centre, Working Paper n.º 364, Australian National University, Canberra, 2001; Paul Rogers, Political Violence and Asymmetric Warfare, Brookings Institution, Washington, 2001; en: http://www.brook.edu/dybdocroot/fp/projects/europe/forumpapers/rogers.htm (según consulta del 6 de julio de 2004); Josef Schröfl y Thomas Pankratz (eds.), Asymmetrische Kriegführung — ein neues Phänomen der Internationalen Politik?, Nomos Verlagsgesellschaft, Baden-Baden, 2003; Laurent Muraviec, La guerre au XXIe siècle, París, 2001; Pierre Conesa (ed.), “La sécurité internationale sans les Etats”, Revue internationale et stratégique, n.º 51, otoño de 2003.


[8] Hasta los oficiales militares chinos intentan "proponer tácticas para países en desarrollo, en particular China, para compensar su inferioridad militar frente a Estados Unidos en una guerra de alta tecnología”. Qiao/Liang/WangXiangsui, Unrestricted Warfare, Beijing, 1999 (citado en Herfried Münkler, op. cit. (nota 2), p. 276, en nota 21). Sobre el mismo tema, v. también Arthur Bruzzone, “Asymmetrical warfare cuts both ways”, American Daily, 3 de enero de 2004; en: http://www.americandaily.com/article/1837 (según consulta del 6 de julio de 2004).

[9] V. también “Asymmetric Warfare”, The USS Cole, and the Intifada, The Estimate, vol. XII, n.º 22, 3 de noviembre de 2000; en:http://www.theestimate.com/public/110300.html (según consulta del 30 de enero de 2005).


[10] Ivan Safranchuk, Chechnya: Russia’s Experience of Asymmetrical Warfare; en: http://www.saag.org/papers7/paper619.html (según consulta del 6 de julio de 2004).

[11] Paul Collier y Hanke Hoeffer (Greeds and Grievances in Civil War, 2001, publicado en Oxford Economic Papers, vol. 56, 2004, pp. 563–595), examinan la distinción entre la codicia y el agravio como los dos motivos principales de las guerras civiles. El aspecto del agravio (con inclusión de la desigualdad, la falta de derechos políticos y las divisiones étnicas o religiosas) es bien conocido y se aborda en numerosos estudios de ciencias políticas. En su investigación estadística de las guerras civiles desde 1960 hasta 1999, Collier y Hoeffler concluyen que los factores relacionados con la codicia (el acceso a las finanzas, incluida la posibilidad de la explotación de los recursos naturales, así como otros factores de oportunidad como la geografía), tienen mayor peso, como explicaciones, que los agravios; la viabilidad económica les parece la explicación sistemática predominante de la rebelión.

[12] V., en particular, The 9-11 Commission Report. Final Report of the National Commission on Terrorist Attacks upon the United States, publicación oficial del Gobierno. En: http://www.gpoaccess.gov/911/ (según consulta del 27 de julio de 2004) (The 9-11 Commission Report), en especial el cap. 2 (“The foundations of new terrorism”), pp. 48–70.

[13] En un informe anual sobre las amenazas contra Estados Unidos, Porter Goss, director de la Agencia Central de Inteligencia, dijo al comité de inteligencia del Senado: “Puede ser sólo una cuestión de tiempo hasta que Al Qaeda u otros grupos intenten utilizar armas químicas, biológicas, radiológicas y nucleares.” International Herald Tribune, 17 de febrero de 2005.

[14] V. la Resolución n.º 1373 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, del 28 de septiembre de 2001, documento de la ONU S/RES/1373 (2001); Christopher Greenwood, War, Terrorism, and International Law, pp. 505–530, en: Current Legal Problems, 2003, vol. 56, febrero de 2004, donde manifiesta su acuerdo con la resolución (pp. 516–518). El argumento también puede formularse desde la perspectiva de los efectos (“gravedad”, “escala significativa”), como lo hizo la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en el caso Actividades militares y paramilitares en y contra Nicaragua (Nicaragua contra Estados Unidos de América), Méritos, 27 de junio de 1986, Informes de la CIJ 1986, párr. 195. Los ataques efectuados por beligerantes no estatales pueden dar origen al derecho a la defensa propia de conformidad con la Carta, pero no crean un estado de guerra en el sentido jurídico (v. Jordan J. Paust, “Use of armed force against terrorists in Afghanistan, Iraq and beyond”, Cornell International Law Journal, vol. 35, n.º 3, 2002, secciones 534–539).

[15] “El hecho de describir a esta lucha como una guerra refleja con precisión el uso de las fuerzas armadas estadounidenses y aliadas para encontrar y destruir a los grupos terroristas y a sus aliados en el terreno, sobre todo en Afganistán. El idioma de la guerra también (el subrayado es nuestro) evoca la movilización en pro de una acción nacional.” (The 9-11 Commission Report (nota 12), p. 363).

[16] El art. 1 (2) del Protocolo II adicional a los Convenios de Ginebra (aplicable a los conflictos armados no internacionales) establece que "(...) los actos esporádicos y aislados de violencia y otros actos análogos (...) no son conflictos armados". En muchas otras situaciones también se tropieza con dificultades para definir el umbral de la aplicabilidad del derecho humanitario. En los conflictos armados internacionales, las operaciones encubiertas son difíciles de atribuir a un Estado; en los conflictos armados que el art. 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra define como no internacionales, el nivel organizativo de las partes en el conflicto puede variar ampliamente con el correr del tiempo, y raras veces un único suceso indica el comienzo o el fin de las hostilidades.

[17] The 9-11 Commission Report (nota 12), p. 67: “Casi todos en el grupo central juraron lealtad (o bayat) a bin Laden. Otros operadores estaban comprometidos con bin Laden o con sus objetivos, y aceptaban realizar misiones para él.”. V. también p. 55 (sobre el reclutamiento de nuevos adherentes) y pp. 145 y ss. (sobre el carácter emprendedor de al-Qaeda). El Bundeskriminalamt de Alemania estimó que en los campamentos de Al Qaeda en Afganistán se entrenaron y educaron unos 70.000 combatientes (cf. caso contra Munir al-Motassadeq, cf. Reuters, 4 de enero de 2005).

[18] P. ej., el jordano Abu Mussab al-Zarqawi, que lucha junto con el grupo Tawhid wal-Jihad en Irak, ha jurado lealtad a Osama bin Laden y a Al Qaeda (v. Reuters, Iraq-Phantom Zarqawi in marriage of infamy with bin Laden, 18 de octubre de 2004).

[19] En abril de 2004, George Tenet, que encabezaba la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, declaró que hay grupos jihadi militantes que operan en no menos de 68 países (en comparación con 40 en 2001). Sólo en Irak libran lo que ellos consideran una jihad; v. http://fpc.state.gov/fpc/31428.htm (según consulta del 15 de noviembre de 2004). Según The Economist (8 de julio de 2004, citando a Adnan Karim), operan en Irak unos 36 grupos sunnitas diferentes, con deberes de lealtad hacia los salafis, sufíes, Hermanos Musulmanes o jeques tribales, así como media docena de grupos rebeldes chiítas.

[20] V. François Bugnion, “Guerra justa, guerra de agresión y derecho internacional humanitario”, Selección de artículos 2002 de la Revista Internacional de la Cruz Roja, nº. 163, septiembre de 2002, pp. 187-208. También en: www.cicr.org.

[21] V. CIJ, caso Nicaragua (Méritos), op. cit. (nota 14), párr. 73.

[22] V., p. ej., Madeleine K. Albright, “United Nations”, Foreign Policy, septiembre/octubre de 2003, pp. 16–24; Mats Berdal, “The UN Security Council: Ineffective but indispensable”, Survival: The IISS Quarterly, vol. 45 n.º 2, verano de 2003, pp. 7–30; Michael Bothe, “Terrorism and the legality of pre-emptive force”, European Journal of International Law, vol. 14, 2003, pp. 227–240; Terry D. Gill, “The eleventh of September and the right of self-defense”, en: Wybo P. Here (ed.), Terrorism and the Military, International Legal Implications, TMC Asser Press, La Haya, 2003, pp. 23–37; Christopher Greenwood, “War, terrorism and international law”, op. cit., pp. 515–523; Albrecht Randelzhofer, “Article 51”, en: Bruno Simma (ed.), The Charter of the United Nations: A Commentary, 2ª ed., Oxford University Press, Oxford, 2002, p. 802; Abraham Sofaer, “On the necessity of pre-emption”, European Journal of International Law, vol. 14, 2003, pp. 209–226; Philippe Sands, Lawless World: America and the Making and Breaking of Global Rules, Penguin 2005; Michael N. Schmitt, “Deconstructing October 7th: A case study in the lawfulness of counterterrorist military operations”, en: Terrorism and International Law, Challenges and Responses, International Institute of Humanitarian Law, y George C. Marshall, European Center for Security Studies, 2003, pp. 39–49; Shashi Tharoor, “Why America still needs the United Nations”, Foreign Affairs, septiembre/octubre de 2003.

[23] V., p. ej., Michael Novak, Asymmetrical Warfare & Just War: A Moral Obligation, febrero de 2003; en http://nationalreview.com/novak/novak021003.asp (según consulta del 6 de julio de 2004).

[24] V. el párr. 5 del preámbulo al Protocolo I de 1977 adicional a los Convenios de Ginebra de 1949.

[25] Jean-Jacques Rousseau, El contrato social, Libro I, cap. IV, El Ateneo/LIBSA, Madrid, 2001 (edición original francesa: Du Contrat Social, 1762).

[26] V. el último párrafo del art. 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra de 1949.

[27] Con respecto al equilibrio entre la libertad y la seguridad, v. Michael Ignatieff, The Lesser Evil. Political Ethics in an age of Terror, Princeton University Press, 2004, y Philip B. Heymann y Juliette N. Kayyem, Long-Term Legal Strategy Project for Preserving Security and Democratic Freedoms in the War on Terrorism, National Memorial Institute for the Prevention of Terrorism (MIPT), diciembre de 2004, en: http://www.mipt.org/Long-Term-Legal-Strategy.asp (según consulta del 30 de enero de 2005).

[28] Sin embargo, está prohibido invocar la reciprocidad como un argumento para desconocer las obligaciones del derecho internacional humanitario.

[29] V. el art. 4.A.2 d) del III Convenio de Ginebra de 1949, y Toni Pfanner, “Military uniforms and the law of war”, International Review of the Red Cross, n.º 853, marzo de 2004, p. 109; también en: www.cicr.org.

[30] Hersch Lauterpacht, The Limits of Operation of the Laws of War, British Yearbook of International Law, vol. 30 (1953), p. 212.

[31] Esta observación es válida sobre todo en el caso del denominado "derecho de La Haya"; v. W. Michael Reisman, “Aftershocks: Reflections on the implications of September 11”, Yale Human Rights & Development Law Journal, vol. 6, 2003, p. 97: “La ética implícita en el derecho de La Haya es que el conflicto ha de ser simétrico y que un adversario que no observa ese principio no tiene derecho a la protección que confieren las leyes de la guerra”.

[32] V. “A letter from Osama bin Laden to the American people” (Carta de Osama bin Laden al pueblo estadounidense). La carta apareció primero en Internet, el 17 de noviembre de 2002, en árabe, y posteriormente se tradujo al inglés. En: http://observer.guardian.co.uk/worldview/story/0,11581,845725,00.html (según consulta del 6 de julio de 2004).
[33] Corte Suprema de Estados Unidos, Hamdi v. Rumsfeld, 124 S. Ct. 2633 (28 de junio de 2004); en: http://a257.g.akamaitech.net/7/257/2422/28june20041215 /www.supremecourtus.gov/opinions/03pdf/03-6696.pdf (según consulta del 15 de noviembre de 2004), y Jenny S. Martinez, Hamdi v. Rumsfeld, American Journal of International Law, vol. 98, n.º 4, octubre de 2004, pp. 782–788. V. también la decisión de la Corte Suprema en el caso Rasul v. Bush, 124 S. Ct. 2686 (28 de junio de 2004) (cf. David L. Sloss, American Journal of International Law, vol. 98, n.º 4, octubre de 2004, pp. 788-798).

[34] V. www.defenselink.mil/releases/2004/nr20040707-0992.html (según consulta del 15 de noviembre de 2004).

[35] El juez federal dictaminó que las comisiones militares establecidas para juzgar a las personas detenidas en la base naval estadounidense de Guantánamo no guardan conformidad con los Convenios de Ginebra y que debe ponerse fin a su actividad "hasta que un tribunal competente determine que el peticionario no tiene derecho a las protecciones concedidas a los prisioneros de guerra conforme al artículo 4 del Convenio de Ginebra (...)”; v. Hamdan v. Rumsfeld, Acción Civil n.º 04-1519, Tribunal de Distrito de EE.UU., Distrito de Columbia, 8 de noviembre de 2004; en: http://www.dcd.uscourts.gov/04-1519.pdf (según consulta del 15 de noviembre de 2004). Según el Washington Post (9 de noviembre de 2004), a la luz de la sentencia, los oficiales militares suspendieron la actuación de las comisiones. El Gobierno anunció que solicitará a un tribunal superior una suspensión de urgencia y la anulación de esa decisión.

[36] V., como ejemplos, los informes sobre las leyes de la guerra de David B. Rivkin Jr., Lee A. Casey y Darin R. Bartram, en: http://www.fed-soc.org/lawsofwar (según consulta del 15 de noviembre de 2004), y Alan Dershowitz, “The laws of war weren’t written for this war”, Wall Street Journal, 12 de febrero de 2004.

[37] P. ej., una nueva organización, denominada la Unidad de Apoyo Estratégico (Strategic Support Branch), destinada a operar sin detección y bajo el control directo del secretario de defensa, despliega pequeños grupos de oficiales de caso, lingüistas, interrogadores y especialistas técnicos, junto a fuerzas de operaciones especiales, recientemente habilitadas (cf. “The Secret Unit Expands Rumsfeld’s Domain”, Washington Post, 23 de enero de 2005). La creación de una nueva unidad fue confirmada en una declaración formulada el 23 de enero de 2005 por el vocero del Pentágono, Lawrence DiRita (sobre actividades de inteligencia del Departamento de Defensa), en: http://www.defenselink.mil/releases/2005/nr20050123-2000.html (según consulta del 30 de enero de 2005). Sobre el contraterrorismo, v. también Jonathan Stevenson, Counter-terrorism: Containment and Beyond, Adelphi Paper 367, International Institute for Strategic Studies, 2004.

[38] V., p.ej., Anthony Dworkin, Law and the campaign against terrorism: The view from the Pentagon, 16 de diciembre de 2002; en: http://www.crimesofwar.org/print/onnews/pentagon-print.html (según consulta del 6 de julio de 2004).

[39] Art. 60.5 de la Convención de Viena de 1969 sobre el Derecho de los Tratados.
[40] V. CIJ, Nicaragua contra Estados Unidos, Méritos, op. cit. (nota 14), párr. 218: “El artículo 3 común a los cuatro Convenios de Ginebra del 12 de agosto de 1949 define ciertas normas que se aplican en conflictos armados no internacionales. No cabe duda de que, en el caso de los conflictos armados internacionales, esas normas también constituyen un criterio mínimo, además de las normas más detalladas que también se aplican a los conflictos internacionales; y son reglas que, en opinión de la Corte, reflejan lo que, en 1949, la Corte denominó "consideraciones elementales de humanidad" (CIJ, Canal de Corfú, Méritos, Informes de la CIJ 1949, p. 22; párr. 215 arriba”.). V. también la confirmación en CIJ, Las consecuencias jurídicas de la construcción de un muro en el territorio palestino ocupado, Opinión Consultiva del 9 de julio de 2004, párr. 157.

[41] El Tribunal Penal Internacional para ex Yugoslavia (TPIY) ha definido que existe un “conflicto armado” “siempre que se recurre a la fuerza armada entre Estados o a la violencia armada prolongada entre autoridades gubernamentales y grupos armados organizados o entre tales grupos dentro de un Estado.” Prosecutor v. Tadic, n.º IT-94-1, Decision on the Defense, Motion for Interlocutory Appeal on Jurisdiction, 2 de octubre de 1995, párr. 70.

[42] Leslie C. Green, The Contemporary Law of Armed Conflict, 2ª ed., Manchester University Press, Manchester, 1999, p. 70. V. también Kenneth Roth, “The law of war in the war on terror, Washington’s abuse of enemy combatants”, Foreign Affairs, enero/febrero de 2004, p. 2; Gabor Rona, “Interesting times for international humanitarian law: Challenges from the ‘war on terror’”, Fletcher Forum of World Affairs, vol. 27, 2003, p. 57.
[43] Christopher Greenwood, op. cit. (nota 14), p. 529.

[44] V. también Anthea Roberts, Righting Wrongs or Wronging Rights? The United States and Human Rights Post-September 11, European Journal of International Law, vol. 15, septiembre de 2004, pp. 742.

[45] V. Marco Sassòli, Use and Abuse of the Laws of War in the “War on Terror”, Law & Inequality: A Journal of Theory and Practice, vol. XXII n.º 2, verano de 2004, pp. 195–221, y Kenneth Watkin, “Controlling the use of force: A role for human rights norms in contemporary armed conflict”, American Journal of International Law, vol. 98, n.º 1, enero de 2004, pp. 1–34.

[46] Para tener una visión institucional del CICR acerca de las cuestiones conexas, v. el informe del CICR sobre “El derecho internacional humanitario y los retos de los conflictos armados contemporáneos”, presentado a la XXVIII Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, CICR, Ginebra, 2003, publicado en la Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 853, marzo de 2004; en: www.cicr.org.

[47] V. Toni Pfanner, Le rôle du CICR dans la mise en oeuvre du droit international humanitaire, Law in Humanitarian Crises, Official Publications of the European Communities, 1995, vol. I, pp. 177–248.

[48] V. Jean-Luc Blondel, "La globalización: análisis del fenómeno y de sus incidencias para la acción humanitaria", Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 855, septiembre de 2004; en: www.cicr.org.


[49] V., en particular, el art. 126 del III Convenio de Ginebra (visitas a prisioneros de guerra) y el art. 143 del IV Convenio de Ginebra de 1949 (visitas a internados civiles).

[50] V. Kenneth Anderson, Humanitarian Inviolability in Crisis: The meaning of Impartiality and Neutrality for U.N. and Agencies Following the 2003-2004 Afghanistan and Iraq Conflicts, Harvard Human Rights Journal, vol. 17 (2004), pp. 41–74, especialmente con respecto a los contactos con organizaciones clasificadas como terroristas. Esos contactos no son impuestos por la paz o el compromiso, sino por "la sabiduría práctica ganada con esfuerzo" (pp. 63–66). Helmuth Fallschellel describe una estrategia posible para negociar, o, al menos, tomar contacto con organizaciones como Al Qaeda, en Soll man mit al Quaida verhandeln? Anmerkungen zu einem Tabu; en: http://www.freitag.de/2003/07/03071601.php
(según consulta del 6 de julio de 2004); v. también Bruno S. Frei, Dealing with Terrorism — Stick or Carrot, Edward Elgar, Cheltenham (Reino Unido) y Northampton (Estados Unidos) 2004.

[51] Pierre Krähenbühl, "La estrategia del CICR ante los desafíos contemporáneos en el ámbito de la seguridad: un futuro para la acción humanitaria neutral e independiente", Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 855, septiembre de 2004; en: www.cicr.org..

[52] V. Herfried Münkler, “Las guerras del siglo XXI", Selección de artículos 2003 de la Revista Internacional de la Cruz Roja, nº. 849 de la versión original, marzo de 2003, pp. 11-26; también en: www.cicr.org..


[53] Kenneth Anderson, op. cit. (nota 50), acerca de la reconstrucción y la neutralidad (p. 58), también traza una distinción con respecto a la ayuda inmediata (p. 74).

[54] V. Marion Harroff-Tavel, “¿Cuándo acaba una guerra? La acción del Comité Internacional de la Cruz Roja cuando las armas enmudecen", Selección de artículos 2003 de la Revista Internacional de la Cruz Roja, nº. 851 de la versión original, septiembre de 2003, pp. 161-187; también en: www.cicr.org..


[55] A diferencia de lo que sucede con la acción humanitaria gubernamental o las denominadas “ONG de tradición wilsoniana”, estrechamente identificadas con las políticas del Gobierno respectivo; v. Abby Stoddard, Humanitarian NGO’s: challenges and trends, Humanitarian Policy Group Report, n.º 14, julio de 2003 (Joanna Macrae y Adele Harmer, eds.), pp. 25–35.

[56] Beat Schweizer, "El humanitarismo enfrenta dilemas morales en la era de las intervenciones militares 'humanitarias'", Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 855, septiembre de 2004; en: www.cicr.org.. Fiona Terry, Condemned to Repeat? The Paradox of Humanitarian Action, Cornell University Press, Ithaca NY, 2002, rechaza "el concepto tradicional de la neutralidad como moralmente repugnante por un lado, y por el otro, imposible de lograr en las complejas emergencias políticas del período posterior a la guerra fría” (pp. 20–23).


[57] V. Raj Rana, "Los desafíos contemporáneos en la relación entre civiles y militares: ¿complementariedad o incompatibilidad?", Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 855, septiembre de 2004; en: www.cicr.org., y Meinrad Studer, "El CICR y las relaciones cívico-militares en los conflictos armados", Selección de artículos 2001 de la Revista Internacional de la Cruz Roja, nº. 158, junio de 2001, pp. 103-123; también en: www.cicr.org..


[58] Con respecto a la integración de la política y la acción humanitaria, v., en particular, Nicolas de Torrente, Humanitarian Action Under Attack: Reflections on the Iraq War, Harvard Human Rights Journal, vol. 17 (2004), pp. 1–29 (advertencia sobre los peligros de que los Estados se apropien de la acción humanitaria) y Paul O’Brian, Politicized Humanitarianism: A Response to Nicolas de Torrente, Harvard Human Rights Journal, vol. 17 (2004), pp. 31–37, que duda del carácter apolítico de la acción humanitaria.

[59] V. la Resolución 4 adoptada por la XXVI Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, “Principios y acción en la asistencia internacional humanitaria y en las actividades de protección”, en particular el párr. G.2 (c), publicada en: Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 133, enero/febrero de 1996, pp. 72-74; también en: www.cicr.org..


[60] V. Denise Plattner, “La neutralidad del CICR y la neutralidad de la asistencia humanitaria”, Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 134, marzo-abril de 1996, pp. 173-193; también en: www.cicr.org., y Larry Minear, "La teoría y la práctica de la neutralidad: algunas reflexiones sobre las tensiones", Selección de artículos 1999 - Primera Parte, de la Revista Internacional de la Cruz Roja, nº. 149, marzo de 1999, pp. 59–67; también en: www.cicr.org..


[61] V. el preámbulo y el artículo 1.2 de los Estatutos del Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja.

[62] V. Chris Johnson, Afghanistan and the war on terror, Humanitarian Policy Group Report, n.º 14, julio de 2003 (Joanna Macrae y Adele Harmer, eds.), pp. 49–62; Larry Minear, The Humanitarian Enterprise, Kumarian, Bloomfield, CT, 2002, pp. 189 y ss. (sobre el terrorismo y la acción humanitaria).

[63] Jakob Kellenberger señala que la prioridad máxima del CICR es el acceso a las víctimas. V. "Acción humanitaria: ¿hablar o callar?", Revista Internacional de la Cruz Roja, n.º 855, septiembre de 2004; en: www.cicr.org..

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