jueves, 10 de julio de 2008

Vivencias en el Perito Moreno

Colaboracon de Marcelo Cora - Frente a las pasarelas del Perito Moreno un curioso cartel advierte: “No pasar, Los desprendimientos de hielo producen astillas que son arrojadas con violencia a varias decenas de metros, Entre 1968 y 1988, treinta y dos personas murieron atravesadas por el hielo.

EL PERITO MORENO
¿Qué tiene de especial el Perito Moreno entre tantos otros para ser el más famoso del mundo?. En primer lugar, sus impresionantes rupturas. Pero lo más importante es la facilidad con que se accede a él por tierra, para observarlo desde un amplio mirador natural que parece creado para ese fin. Su nombre Perito Moreno deriva de uno de los primeros exploradores de la Patagonia, quien si bien anduvo cerca de este glaciar nunca lo llegó a conocer. Y su origen es el gran Campo de Hielo Patagónico.
El Perito Moreno no es por cierto el más grande del parque. De punta a punta recorre unos 30 kilómetros y su área total es de 257 kilómetros cuadrados, más o menos el mismo tamaño que la ciudad de Buenos Aires. Su frente mide 5 kilómetros de ancho y un promedio de 60 metros de alto (el equivalente a un edificio de 20 pisos).
LAS GLACIACIONES El sector sudoeste de la provincia de Santa Cruz concentra la increíble cantidad unos 350 glaciares. Los mayores de todo ellos nacen directamente del Campo de Hielo Patagónico, ese enorme relicto de lo que fue la Era de las glaciaciones (Frías, Moreno, Spegazzini, Agassiz, Upsala, Onelli, Viedma)
Las glaciaciones fueron procesos cíclicos que se repitieron entre siete y nueve veces en un lapso de tiempo que va aproximadamente entre dos millones y un millón de años atrás. La explicación de este fenómeno se debe a factores astronómicos relacionados con el eje de rotación de la tierra y su órbita de traslación –que varían infinitesimalmente y de manera irregular--, disminuyendo la radiación solar sobre la tierra. Y sus consecuencias fueron el enfriamiento de la tierra y el avance de dos masas de hielo de hasta 1400 metros de altura que brotaron desde los polos arrasando con todo a su paso. En ese tiempo, prácticamente toda la provincia de Santa Cruz estuvo cubierta por los hielos.
La última glaciación tuvo su punto máximo entre 18.000 y 20.000 años atrás, cuando el aumento de la cantidad de hielo sobre el planeta produjo que el nivel del mar descendiera 120 metros, dejando al descubierto grandes sectores de tierra que hoy están otra vez bajo las aguas. Curiosamente, fue gracias a esta circunstancia que Asia y América se unieron al retirarse las aguas en el estrecho de Bering, y habría sido por allí que el hombre llegó a Alaska desde Siberia, para desperdigarse luego por todo el continente americano.
En tiempos ya históricos --cuando la última glaciación se había retirado--, se dio sin embargo un fenómeno al que se lo denominó Pequeña Edad del Hielo, en la que las aguas congeladas avanzaron denuevo dentro del periodo que va desde alrededor del año 1600 y 1830. A partir de ese momento en todo el planeta los glaciares están en constante retroceso, hasta que en algún remoto día comience una nueva glaciación. Pero además del retroceso natural de los glaciares, este fenómeno está posiblemente impulsado por el llamado calentamiento global, que es resultado del uso de combustibles fósiles que acumulan dióxido de carbono en la atmósfera produciendo el “efecto invernadero”. Cabe recordar que en los hielos de la Patagonia están el xx % de las reservas de agua potable de la tierra, que se está reduciendo peligrosamente con el derretimiento de los hielos, al tiempo que elevan el nivel del mar e inundan extensas zonas produciendo catástrofes ecológicas.

EL CAMPO DE HIELO PATAGONICO
La fuente de la cual nacen los más de 350 glaciares que hay en Santa Cruz –y casi todos los otros que hay del lado chileno de la cordillera--, es una gran masa de hielo de 17.000 kilómetros cuadrados conocida como el Campo de Hielo Patagónico. Para tener una idea de su tamaño, allí cabe completa la provincia de Tucumán, y su extensión se interna incluso en Los Andes para desplegar sus ramificaciones de hielo y glaciares también en la Patagonia chilena. Los científicos glaciólogos denominan es estas formaciones indlansis, una palabra noruega que remite a mega-glaciares formados en terrenos bastante planos –aunque tengan montañas en el medio— que son cubiertos por masas de hielo horizontales con forma de casquete y un grosor de hasta 2 mil metros de agua congelada. El continente antártico –por ejemplo— está cubierto por un gran indlansis.
El Campo de Hielo Patagónico es el tercero en extensión del planeta después de la Antártida y Groenlandia. Está dividido en dos mitades por un seno muy profundo que ingresa desde el Océano Pacífico, el fiordo Baker. Hacia lado septentrional queda el Campo de Hielo Norte --ubicado enteramente en territorio chileno—y hacia el lado meridional, el Campo de Hielo Sur, en territorio argentino.

LA FORMACIÓN DE UN GLACIAR
Una forma ilustrativa de explicar que es un glaciar consiste en compararlo con un río de hielo que baja desde la cumbre de las montañas, avanzando en medio de amplios valles o de pequeños cañadones. Pero aunque a simple vista esto sea correcto, no se debe pensar en la idea de un río congelado. Los glaciares, para ser más exactos, son masas de hielo formadas por acumulación de nieve, escarcha y granizo, que por el extremo frío y la presión que ejercen las sucesivas capas de nieve que caen sobre las de más abajo, se convierten en hielo sólido. La otra característica de estas masas heladas es que se mueven de manera imperceptible, fluyendo hacia abajo por efecto de la gravedad.
Si uno toma con la mano un puñado de nieve y lo observa con detenimiento, podrá ver que está compuesta por millones de pequeños cristales puntiagudos que, al sufrir la presión de la nieve que le cae encima, terminan fundiéndose entre si y liberando el oxígeno que guardan en los intersticios. Y como resultado queda una masa dura y granulada de un hielo muy transparente que refracta el color azul y llega a pesar xxx.
La silenciosa fuerza de un glaciar en avance es tan poderosa que puede arrastrar grandes peñascos por varios kilómetros para formar en su superficie las llamadas “morenas”, que vistas a la distancia son como líneas negras que avanzan longitudinalmente sobre la zona central o los laterales, compuestas por rocas y sedimentos de todo tipo. Además, el paso de un glaciar “lima” la profundidad de los valles dándoles una cóncava forma de “U”, que hoy en día es una de las características básicas de los paisajes de Santa Cruz allí donde se ha retirado algún glaciar.
CRONICA DE UNA VISITA AL PERITO MORENO

(Valioso aporte de Julián Varsavsky; quien nos brinda una crónica de viaje para compartir)

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
G. García Márquez.

Una vez dentro del parque, un ondulado camino de asfalto conduce hasta el área del glaciar. Todavía no se ve nada especial, pero algo en el ambiente sugiere que el gran coloso radiante está cerca. A la derecha del camino se extiende en paralelo al Brazo Rico del Lago Argentino, donde aparecen a la deriva algunos témpanos pequeños que presagian la gran masa de hielo. Y un rato después comienza a vislumbrarse a lo lejos, en el fondo del valle, lo que vendría a ser el “lomo” del glaciar. Pero el bosque obstruye la mirada, hasta que de repente explota tras la ventanilla del auto el primer fogonazo blanco que desaparece en un abrir y cerrar de ojos detrás de los árboles. Esa primera visión borrosa del hielo estalla como un flash de belleza absoluta que se desvanece al instante como todo momento de perfección. Y ahora si, luego de cruzar el arroyo Correntoso, el Perito Moreno muestra a pleno su cara sur que se observa desde el mirador de la Curva de los suspiros. Pero todavía faltan 10 kilómetros –ahora de ripio-- hasta el sector de las pasarelas, donde el glaciar se ve en su totalidad.
En los últimos 500 metros de ruta el terreno se eleva ofreciendo una panorámica completa desde arriba de los dos frentes del glaciar –el norte y el sur— y de gran parte de su extensión. Esta visión refulgente –la de las dos caras continuas del glaciar— pertenece a esa clase de imágenes primigenias que se graban para siempre en algún lugar recóndito del laberíntico cerebro, junto con aquel otro destello que nos pasmó cuando niños la primera vez que nos colocaron frente al mar.

LA SEGUNDA IMPRESION Al abandonar el vehículo y avanzar por las pasarelas llega la segunda impresión de este paseo –nunca tan intensa como la primera--, cuando el glaciar despliega su frente completo de 4 kilómetros de ancho, y justo detrás su cuerpo combado que se pierde viboreando como una lengua de hielo que sube hacia el fondo de un gran valle.
A mi derecha una niña debe ser alzada por su padre para poder ver sobre la baranda el brillo del glaciar, y pregunta con la ingenuidad clarividente de los niños --¿Papá, porqué es tan lindo el glaciar?. Pero el padre balbucea unas palabras vanas que terminan tapadas por el eco concluyente de una explosión de hielo.

¿QUÉ DICE LA FOTO? Todo viajero experimentado que haya recorrido el mundo llega por lo general a la conclusión fatal de que las fotos mienten. La Torre Eiffel no era tan grande como parecía, ni el pastito de la campiña inglesa tan verde como en las páginas de los libros, ni la Ciudad Prohibida de Pekín tan inabarcable como en la película de Bertolucci. Ocurre que por lo general una buena fotografía de paisaje lleva el sello artístico de su autor, quien hace un recorte de la realidad y la embellece a tal punto que cuando la persona se hace presente en el lugar siente una rara desilusión. A través de lo que no está en la foto, uno se imagina un paisaje mucho mayor y más hermoso que después nunca se corporiza en la realidad. Y sin embargo lo más curioso de todo esto es que con el glaciar Perito Moreno ocurre exactamente al revés.
Por un lado, el frente del glaciar es tan ancho y sin objetos comparativos a su lado, que el visitante no puede darse una idea justa de su proporción ni de la verdadera amplitud, imposible de captar en una foto. Quedaría el recurso de la foto aérea, pero desde el aire la noción real de la escala es aun mucho menor.

EL SONIDO DEL GLACIAR La segunda razón por la cual el glaciar es particularmente imposible de encerrar en una foto, es porque se trata de un paisaje sonoro y en constante movimiento. En el Perito Moreno uno puede estar observando distraídamente el panorama, y que sin previo aviso ocurra una explosión descomunal y un gran bloque de hielo se desprenda del frente glaciar. Este nuevo témpano cae como en cámara lenta, se hunde y sale a flote otra vez para fluir hacia la derecha siguiendo el curso del canal. Otras veces son paredes completas las que se desploman hacia adelante como un árbol, produciendo olas y un estrépito que retumba en la amplitud del valle. El primer impulso ante la explosión es el de salir corriendo como si se viniera el mundo abajo. Pero al rato uno se acostumbra a un eco casi permanente de pequeños y grandes estallidos que parecen tiroteos lejanos, o incluso algún cañonazo atronador que hace vibrar las pasarelas en su propio quicio. Detrás de esa muralla parecen sucederse violentas tempestades, o también guerras secretas con remansos de paz que son rellenados por el rumor constante de agua que corre y el sonido del viento cortado por las filosas puntas de hielo.

EL COLOR DEL HIELO Al pararse frente al glaciar el desafío inicial es develar el misterio del color del hielo. Y esa curiosa necesidad de ponerle nombre a las cosas nos obliga en un principio a ir descartando alternativas: no es blanco, tampoco es el mismo azul del cielo, ni el celeste o el turquesa del mar Caribe. Pero hay algo de todos ellos en esas extrañas estructuras semi-transparentes. Si a esto se le suma que los colores pueden cambiar desde la fosforescencia a la opacidad en un instante según la intensidad del sol, y que cada segmento de pared difiere de tono según su altura y la densidad del hielo, llegamos a la conclusión de que --en referencia al color--, todo espacio es de transición en el glaciar.
En los vértices más elevados se distingue una parte transparente, más abajo una blanca y luego otra más azulada, resultado de los engañosos artificios de la luz y su abanico de rayos celestes que se bifurca al pasar por el ‘’prisma’’ del hielo. En su totalidad, las pequeñas variaciones de ese gran cuerpo casi azul, casi blanco y casi verde, conforman una verdadera composición minimalista de colores emparentados que se combinan constantemente, creando un universo de matices diversos con muy pocos elementos. Estamos, sin dudas, ante un nuevo color, cambiante y en perpetuo movimiento; una coloración rebelde e inconformista a la que solo cabe denominarla “color glacial”.

LA FORMA A simple vista el Perito Moreno semeja un gran alud de nieve que llega desde atrás de las montañas y fue petrificado de repente --con su plano inclinado--, cuando estaba por caer al lago. Pareciera como si una invisible pared sostuviese aquel maremágnum blanquecino, cerrándole el paso a una fuerza arrasadora que si se soltara de cuajo devastaría a media tierra.
Detrás de la escarpada pared del frente glaciario se entreven millares de picos de hielo que parecen cúpulas amontonadas en forma caótica, una detrás de la otra. Incontables catedrales transparentes simulan estar sepultadas bajo el hielo, vislumbrándose apenas la forma puntiaguda de sus ruinosas cúpulas. También hay torres de hielo que quedaron a medio caer y parecen edificios inclinados como la Torre de Pisa. Por eso el frente del glaciar es como una gran muralla agrietada –dejando traslucir entre las “hendijas” sus entrañas azules-- que se regenera a si misma derrumbándose todo el tiempo pero sin terminar nunca de caer. A sus pies flota una infinidad de fragmentitos de hielo y grandes bloques helados, algunos varados en la costa como un navío celestial.

EL TAMAÑO El glaciar está rodeado de picos y montañas que miden un promedio de 2000 metros de altura. Pero la noción de las proporciones –totalmente inhumanas— se pierde de inmediato en medio de la vastedad. Por otra parte, nadie imagina que el sector frontal de esa muralla glacial que observamos con extrañeza flota sobre el Canal de los Témpanos. Tampoco suena lógico que mida 60 metros de alto, mientras esa misma pared de hielo se hunde 120 metros por debajo del agua.
Sobre el final de la visita, el glaciar se perfila ya como la trama inabordable de un universo concéntrico de rectas transparencias que parecen chisporrotear cuando les da de lleno el sol. Sus fulgores encandilan impidiendo ver más allá de su irregular superficie, y al asomarnos a su contorno abruma pensar que detrás de esas torres de cristal puedan esconderse venturosas maravillas, acaso los enigmas del origen del hombre, el secreto de la belleza perfecta, o alguno de los paraísos perdidos que buscaron los aventureros de la Patagonia. Al igual que la selva –esa otra muralla natural con algo de impenetrable--, este hermético microcosmos gélido permanece casi vedado a nuestros sentidos, cuyo único consuelo es intuirlo desde la lejanía (o caminar apenas sobre su superficie). Al abandonar el parque --bajo un rojo atardecer--, ya no hay forma de dejar atrás la caótica geometría del hielo; una imagen fría y abstracta como la de un espejo vacío, pero también un luminoso laberinto de formas cambiantes que en algún descuido podrían llegar a tragarnos para siempre.
|| Fuente: 9 de julio de 2008. (Tiempo PYME)

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